Pararon estas fluctuaciones en aplazar y ganar tiempo. Dióse á sí propio la excusa de que nada se puede emprender durante el verano, y el verano iba aproximándose ya. «En estos meses todo se paraliza. Época de vacaciones.... La gente se larga al campo.... Yo también quisiera darme una vueltecilla.... ¡Los colores que echará Nené en la Erbeda! Y para iniciar la campaña redentora.... mejor á principios de invierno.» Contribuyó á apagar las ardorosas resoluciones de Moragas el hallarse Telmo ya curado de sus descalabraduras. El niño, sano y bueno y correteando por la calle del Faro, parecíale menos digno de compasión. Hasta sintió Moragas, por egoismo del cariño á su hija, cierta hostilidad contra Telmo, tan robusto y vigoroso, más despejado, más resuelto, más marcial que nunca, y crecido dos pulgadas lo menos. «La salud de este bigardo la quisiera yo para Nené....» Al punto, reaccionando su generoso carácter, Moragas quedó descontento de sí mismo, en un estado de ánimo especial, comparable al sufrimiento. Sentía como si llevase atravesada una barra de metal frío y duro, cuyo peso gravitaba sobre su alma y la deprimía. «Más tranquilidad es no ver el ideal ni de cien leguas, que verlo y no alcanzarlo», pensó el médico.—Siempre que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por su memoria, sentía Don Pelayo la impresión de humillante impotencia que causa al deudor el aspecto del acreedor,—del acreedor mudo, que espera sin reclamar el préstamo.—El estado moral de Don Pelayo lo conocen y padecen todos cuantos hombres, sin llegar á justos, perfectos ni santos, pueden llamarse buenos, sensibles y altruistas. El santo no sufre: cumple sin temor: su voluntad es de una pieza. El bueno.... cumple ó no cumple, pero siempre le sangra la herida de la piedad.

Lo que más obligaba á Moragas á no olvidarse de Rojo, eran las conversaciones relativas al crimen de la Erbeda. Ni en el campo ni en la ciudad se hablaba de otra cosa. Según lo vaticinado por Priego, el tal crimen había tenido gran resonancia, hasta en la prensa de Madrid, donde se le consagraron extensos telegramas y largos artículos, alguno tomado de los diarios de Marineda. Esperábase la vista pública como se espera un acontecimiento: se sabía que asistirían á ella Paco Rumores, un hijo de Marineda, admitido como noticiero en el diario de mayor circulación de España; que Don Carmelo Nozales preparaba un informe brillantísimo, preludio de su traslado á la Audiencia de la corte; y que, no obstante su resistencia y repugnancia á exhibirse en Marineda como letrado, Lucio Febrero había tenido que encargarse de defender á la parricida.

Moragas resolvió asistir al juicio oral. Pero á última hora se lo impidió la hija de la marquesa de Veniales, casada hacía siete meses con un ingeniero, y tan enemiga de perder tiempo, que, al cumplirse ese plazo mínimo, aumentaba la especie humana con una criatura. Fué el lance apretado y peligroso, y Moragas no pudo apartarse del potro de tormento donde gemía la prematura madre. Á la misma hora en que entraba en el mundo una niña sietemesina, los jurados y la Audiencia sentenciaban á salir de él á una mujer y un hombre; los reos de la Erbeda, sentenciados á garrote vil, «como era de esperar», que dijo Cáñamo.

Unánime estuvo la prensa aquella noche y la mañana siguiente, poniendo en las nubes el informe de Nozales, y revelando descontento y extrañeza ante la defensa de Febrero. Fiel á los moldes clásicos de la oratoria forense, Grocio y Pufendorf pronunció una especie de invocación á las Furias del derecho penal, esmaltando su oración de vengadores apóstrofes. Para el objeto sirvióle de mucho á Nozales el ligero baño literario que poseía, y la acusación de Batilo contra los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo gordo, sin que por nadie fuese notada la coincidencia de ideas y frases, que pudiera parecer resultado de la coincidencia de crimen. Lo mismo que Meléndez Valdés en 1821, Nozales habló del desenfreno, perversión y abandono brutal de las costumbres, de la funesta disolución de los lazos sociales, de la inmoralidad que por doquiera cunde y se propaga con la rapidez de la peste, del olvido de todos los deberes, y presentó como rasgo característico de la época el hacer escarnio del nudo conyugal; habló de la consternación de la patria ante tan horrendo atentado, perseguido con las mayores penas desde la antigüedad remota hasta la época presente; citó una ley del Fuero Juzgo y otra del título de los omecillos en las Partidas; y terminó con el parrafeo efectista de cajón en estos informes, encareciendo á los jueces la trascendencia del veredicto y la importancia de la misión que la sociedad les confía, la necesidad de reprimir inexorablemente el crimen y de inspirarse, no en una compasión reñida con la ley, sino en el recuerdo de la víctima «que ya no puede hablar y desde otras regiones contempla á la sociedad y á los jueces». La concurrencia, pendiente de los labios de Nozales, prestó también afanosa atención á Lucio Febrero; sólo que, hacia el segundo tercio de la perorata del joven letrado, principió á desorientarse, y al final, confesando que «todo aquello podría ser muy científico», convino en que era raro y sospechoso, y aun funesto á la sociedad, de cuyas manos arrancaba el consabido rayo vengador que Nozales, con artístico ademán, fingiera vibrando sobre las cabezas malditas de los reos. Además, ¿no era un sofisma evidente, una falta de lealtad jurídica, el empeño de demostrar que la parricida, al entregarse á un amante, y al concertar después con él la muerte de su esposo, no obedecía á sugestiones de la lascivia, sino á las de un terror profundo, de esos que extravían y ciegan, al terror de que el amante la acogotase, y luego al terror de que el marido, cumpliendo amenazas tan reiteradas y horribles como verosímiles, la ahogase una noche, entre el silencio de la alcoba conyugal? ¿Á qué venía apoyar tesis tan rara con citas de obras de medicina, que demuestran la obcecación y trastorno moral que produce el miedo en el alma humana, y sobre todo en la femenil, donde la educación y la costumbre riegan y cultivan ese sentimiento? ¿Por qué Febrero no citaba obras de Derecho penal? ¿Por qué no admitía la versión natural y corriente de la bribona que, á fin de dar gusto al cuerpo, toma un galán, y para mejor disfrutar del galán suprime al marido? Nada, está visto que estos jurisconsultos de ahora se agarran á un clavo ardiendo con tal de declarar al reo irresponsable.... Había que oir á Cáñamo en los pasillos de la Audiencia de Marineda. «Les digo á Vds. que, á este paso, la sociedad se hunde, se desploma.... Como que se quita la piedra angular, fundamento de todo el edificio.» Renació la tranquilidad al saberse el veredicto del jurado, prueba de que la sociedad no se desplomaba aún. ¡La apuntalaría muy en breve un doble cadalso!

Á los dos ó tres días de hacerse pública la sentencia, entró en el gabinete de Moragas Lucio Febrero, y el abogado tendió al médico una mano que ardía.

—¿Sabe V.—dijo arrojándose en el diván—que tengo calentura por las tardes?

Moragas le pulsó. Sí; había elevación de temperatura, pero casi insensible.

—Tal vez sea—dijo—una manifestación palúdica; pero se me figura que lo que tiene V. puede llamarse berrinche.

Lucio no contestó al pronto: dudaba entre callar ó espontanearse. Al cabo, poniéndose de pie y con la expansión de quien destapa el alma:

—Me voy de Marineda—exclamó.—Me meteré en la montaña, á cazar, lo que falta del verano, y con eso tal vez me salvo de una hepatitis. ¡Felices Vds. los que no se reprimen, los que dan válvulas á la ira como al entusiasmo! ¿Dice V. que poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta grados y varias décimas.