—Pero á V. ¡qué le importa eso!—gimió Rojo.—Yo no quiero saber de ella.... Se marchó....
—¿Con otro?
—Bueno; ¿y si fuese con otro?.... ¡Dios la perdone! Yo bien perdonada la tengo.... ¡Que Dios mire por ella, porque yo lo único que sé es que es madre de mi hijo.... y.... abur!
—Ya no pregunto más....—dijo Moragas, sintiendo una emoción tan dramática que le pareció ridícula.—Perdonar siempre, es la ley verdadera, ¡y no esas que acatas tú! ¡Yo también haré que perdonen á tu hijo!.... Adiós, que volveré.... Hasta mañana.... ¿Entiendes? ¡Hasta mañana!
XIII
Y no pudo volver Moragas á la mañana siguiente, porque Nené amaneció enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron, descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor lo olvidó todo; encerróse con la criatura; no revolvió libros, porque comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo á cuerpo, y á fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené á manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fué graduando, y se iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes.... Moragas entrevió la posibilidad de llevarse á su niña á la Erbeda, y allí restaurarla por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené»; le decían sus estudios y le repetía la esperanza.—Un día salió disparado á comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la convaleciente, y oir que se reía de los aletazos que pegaban contra la pared los pintorreados mariposones, acordóse por vez primera, con vago remordimiento, del hijo de Juan Rojo.
Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le había parecido empresa fácil la de rehabilitar el chico, sacándole de la atmósfera de ignominia donde vegetaba. Hallábase dispuesto entonces á vencer preocupaciones y antipatías, violentar las puertas de escuelas y talleres, salir fiador, y realizar en un solo día la salvación de Rojo y la de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo sería obrero ó estudiante.... Y ahora, á un mes de distancia, el plan se le figuraba impracticable y absurdo. Advertía la ligadura de la voluntad, el hielo que cohibe la acción y sólo veía las dificultades y hasta el lado comprometido y semigrotesco de su proyectada empresa. «¿No hay por ahí otros muchachos á quien proteger? He ido á fijarme en ese, precisamente en ese.... ¡Moraguitas! ¿Dónde metes tú, en Marineda, al hijo del verdugo? Todo el mundo torcerá el gesto apenas le nombres....»