El padre se quedó callado, sin adivinar en qué moneda le iban á exigir el pago de la buena obra.
—¿Estás dispuesto á pagar?—insistió Moragas.
Rojo miró á la cama donde reposaba Telmo, y, sin vacilar, respondió con firmeza sobrehumana:
—Sí, señor. Pagaré.
El Doctor guardó silencio, como si quisiese dejar que se grabase en el ambiente la promesa de Rojo. Pasados unos instantes, repitió:
—¿Pagarás?
—¡Está dicho.... y basta! V. haga que mi hijo deje de ser aborrecido de todos y que no se vea en el caso de tomar mi oficio, y yo....
—Veremos,—advirtió Moragas.—No me fío todavía. ¡Temo,—añadió, mezclando tratamientos,—que si yo le digo á V. «haz esto ó haz lo otro», V. me salga con que la ley.... y con que la obligación!....
—No señor. Juan Rojo hará lo que V. le mande. ¿Ha oído? Lo que V. le mande. Soy un hombre de bien; á nadie causé daño sino por orden superior; pero como V. tiene tantos enemigos.... ¡si hace falta dar un susto!....
—¡Bárbaro!—respondió Moragas.—No hago caso de este rasgo de estupidez.... Ya sabrás lo que exijo de ti.... y si te queda un adarme de sentido moral, me obedecerás con pleno convencimiento de que llevo razón.... Y si has de obedecerme, empieza ya. Dime al punto por qué no vives con tu mujer.