Rojo exhaló un grito sofocado, un grito que no se oía casi, un grito que lloraba.
—Pues bueno.... lo confieso, sí, señor.... Confesado.... El demonio lo hace.... ¡Ser hijo mío es lo peor del mundo!
—Y un hijo de V. no tiene más camino que sucederle en el cargo....
—¡Eso no! ¡Primero le ahogo.... con las manos.... sin instrumentos!
Al pronunciar estas palabras fué Rojo, corriendo desatentadamente, á batir contra la pared de tablas del mísero rancho, ocultando el rostro en el rincón. Moragas se llegó á él, y casi á su oído murmuró, tuteándole por repentina inspiración de su retórica de apóstol:
—¡Yo puedo salvar á tu hijo y hacerle hombre como los demás....; yo puedo darle oficio honrado y hasta instrucción y carrera superior, si sirve para el caso!....
Rojo se volvió, y, mirando al médico cara á cara, exclamó:
—¡Pues gana V. el cielo; porque obra de caridad como ella!....
—No...., no gano cielo ninguno...., porque no lo haré de balde.