—No lo es. Sin embargo, quiero concederle á V. que lo fuese. Escúcheme con atención. Esa injusticia, ¿la paga ó no la paga su hijo de V.? ¿Por qué le tenemos ahí en esa cama, destrozado á pedradas el cuerpo?
—¡Porque hay gente muy bárbara en el mundo!
—Veo—exclamó Moragas con energía—que no quiere V. avenirse á la razón. Veo que desea V. que su hijo continúe en la misma situación social. Pues, ¡buenas noches! Busque V. médico.
Rojo emitió un quejido informe, de súplica y protesta, tendiendo las manos como para detener á Moragas.
—Precisamente—añadió el Doctor, que á pesar de haberse despedido no se movía de la silla—estaba yo dispuesto á tomarme interés por el muchacho, y á servirle de algo para resolver el problema de su educación y de su porvenir.
No respondió Rojo con palabras, pero repitió el ademán de postrarse ante el Doctor. Éste se desvió, poniéndose en pie y mostrando intenciones de retirarse.
—Hablemos claro—dijo parándose en mitad del camaranchón.—Á ver si V. me entiende. ¡Puedo ser útil á su hijo y servirle.... de mucho! ¿Qué educación le da V.? Apostemos que ninguna.
—¿Y qué culpa tengo yo, señor? ¡De todos lados le echan! En las escuelas privadas no le quieren. En las del Ayuntamiento, el fantasmón del Alcalde me dice que no tiene cabida, porque es hijo de padre acomodado. Si va al Instituto, le acabarán de matar á pedradas. Intento ponerle á que aprenda un oficio, y el dueño de la fábrica de dorados le admite un día, y al siguiente le planta en la calle, porque los aprendices se le declaran en huelga.... ¿Es injusticia, ó no? ¡Mi hijo es tan bueno como ellos! ¡Á lo mejor ellos tendrán padres ladrones!
—¡Que los tengan!—objetó Moragas.—¡Lo peor es ser hijo de V.! Y si no lo confiesa V. ahora mismo.... no vuelve á verme el pelo en toda su vida.