—Después.... Por eso á veces un hombre.... Sólo el que pasa por ciertas cosas.... Si no fuese que apenas podía dormir, no bebería yo ni media copa de caña en mi vida.
—¿Empezó V. entonces á beber caña?
Rojo guardó silencio. Aquella confesión salía en jirones, sangrienta, magullada, como la intermitente queja que arranca el paroxismo del dolor; y Moragas, acostumbrado á ver y curar tantas heridas, comprendía que lo más grave, lo más hondo, lo más amargo de todo no acababa de ascender á la superficie. No podía Moragas adivinar qué clase de cadáver dormía en el fondo, pero lo presentía, allá, muy abajo, en los últimos senos de un pozo de ignominia, vergüenza y desesperación humana. Su instinto infalible seguía gritándole: «Por aquí, por aquí.... están las últimas telas del corazón, de ese corazón que lo mismo les late á los filósofos que á los jueces, á los criminales que á los verdugos; la porción augusta que existe en este miserable lo mismo que en ti....»
—Y.... preguntó expresiva y lentamente, clavando los ojos en su interlocutor y pesando con la mirada, por decirlo así, sobre su espíritu.—Y.... su mujer de V.... ¿qué decía de esos malos sueños con reos agarrotados? ¿No soñaba también ella?
—Esas son cosas que no importan nada,—declaró torvamente Rojo.—De eso más vale no hablar. Estamos gastando aquí conversaciones que no vienen al caso.... y ahora.... sería bueno atender al chiquillo.
«Tu caerás», pensó Moragas. «No te me escapas. Ya sé por dónde te duele. ¡La fibra universal! Esa es la que responde siempre. Amor, paternidad.... Habría que ser fabricado de bronce para no resollar por ahí.... Y me parece que tú resuellas, y fuertecito.... Pues si resuellas.... por ahí te atacaremos. Del concepto limitado de marido y padre, puedo hacerte pasar al general de hombre. Me costará trabajillo sacar á flote la humanidad; pero por lo mismo.... Yo te trabajaré. ¡Ah, si el Padre Incienso y el Padre Fervorín sintiesen estos pujos redentores que siento yo! Lo que me indigna es el contrasentido de que los tales Padres serán capaces de absolver tranquilamente al verdugo, á la media hora de haber agarrotado á su prójimo.... ¡y en cambio le negarían la absolución si le diese por sostener que la misa puede ó debe decirse en castellano!»
Hecho este aparte, un tanto candoroso y sin medula, el filántropo miró otra vez á Rojo, fija y hondamente. Dos imágenes se enlazaban en su fantasía: la de la presunta parricida de la Erbeda y la del ser maldito á quien quería redimir. Vió á la mujer estrangulada por el hombre, con permiso de las leyes.... «No será», calculó para sí. «Este individuo no volverá á quitar la vida á nadie. Moraguitas, ó eres un bolonio, ó de esta vez has concluido con el verdugo de Marineda.»
El propósito le infundió singular animación y hasta alegría. Aquella sí que era hazaña bonita, verdadera redención. ¡Salvar una existencia y dignificar un alma!
—Oiga V... pronunció con irresistible fuerza.—V. es un hombre á quien todos desprecian. ¿Está V. convencido de ello?
—Pero es una injusticia grandísima.