XII
Una fúnebre pausa siguió á la respuesta de Rojo. Moragas se quedó helado. Aquella cifra le confundía como puede confundir un sofístico raciocinio. El hombre que tenía delante había ejecutado cinco veces el movimiento de brazo que manda á otro hombre á la eternidad.
Así que Don Pelayo dominó el estupor, preguntó de un modo incisivo:
—Y diga V.... ¿Y la primera vez.... al menos.... no tuvo V.... algún hormigueo en la conciencia? ¿Ó se quedó V. perfectamente tranquilo?
—La primera vez—respondió la tenebrosa voz de Rojo—los ocho días después, ó tal vez quince.... soñaba de noche.... con él....
—¡Ah! ¡De noche! ¿Le veía V.?
—Le veía.
Nueva pausa y silencio más atroz.
—¿Y.... después?—insistió Moragas.