—Para tener soldados, y ganar muchas batallas, y llevar espada y.... ensartar por los hígados á quien me insulte.
Moragas calló, reflexionando, y en vez de sublevarse contra semejantes propósitos, los encontró simpáticos y bien puestos. En aquel ser que aspiraba con todas las energías de su alma á la rehabilitación, caía á maravilla la aspiración militar, y podía considerarse vocación verdadera. Aún no sabía Moragas si era posible, y ya le pareció ver al muchacho con sus estrellas, sus galones, su teresiana y su espada al cinto.
—Irás á la Escuela y al Instituto,—afirmó con calor.—¡Y luego.... Dios dirá!—Atiende bien.... Vas á llevarle este recado á tu padre.... Te tomo en mi casa, conmigo.
—¿Con V.... aquí?
La impresión fué tan profunda, tan trastornadora, que bajo el bronceado de la piel curtida por el aire, se vió esparcirse un tinte de palidez. Telmo no sabía lo que le pasaba. Era un júbilo egoísta, invencible, soberano, que tenía visos de dolor. En el alma del niño, la proposición de Moragas tomaba forma, no sólo de libertad, de redención de la afrenta, sino de mágica traslación, desde el rancho sucio y lúgubre, al oasis de un jardín poblado de flores de magnolia, semejantes á la que Nené traía en la mano, y donde jugarían siempre, siempre, á levantar fortificaciones.... ¡Qué dicha inesperada, embriagadora! Perder de vista el barrio del Faro, apartarse del cementerio, dejar la casucha, y.... esto no lo definía Telmo.... que á definirlo, lo hubiese rechazado su buen corazón....; pero allá dentro era verdad....; ¡no vivir más con su padre, no respirar el hálito maldecido que asfixiaba!....
—¿No te quieres tú venir aquí?—preguntó Moragas, advirtiendo también una satisfacción interior originada por motivos muy diferentes de los que causaban la de Telmo.
—Yo.... querer....,—tartamudeó el chico.—Yo.... ¿Me quedo ya esta noche?....
—¿Esta noche?.... ¡Vamos, que no tienes tú prisa!—contestó el Doctor, risueño.—Esta noche no podrá ser, mico; porque necesitamos permiso de tu padre. Todo se andará.... Mira, estoy pensando que es mejor que no le adelantes nada.... No te asustes: se lo diré yo mismo.... Llévale el recado siguiente: que no pase cuidado por ti.... y que un día de éstos, como tendré que visitar en aquel barrio, allá iré.... y que me espere.... Oye tú, Nené. Tira esas piedras y esa tierra, grandísima calamidad, que me pones perdido.... Así, limpita la Nené.... ¿Quieres tú que este niño meriende con nosotros ahora?
Sonrió la criatura de un modo angelical; alargó la enlodada mano como para agarrar á Telmo, y con la cabeza más aún que con la vocecilla de oro, dijo tres veces: