—¡Á su casa!—objetó una vecina sollozando.—¡Ay señor! Á la mía vendrá.... La suya está cerrada; la madre, que es cigarrera, se lleva la llave en el bolsillo, porque tiene miedo de que el maldito borracho le pegue fuego á todo.... Pero traigan mi colchón, que no tenemos más que uno.... y allí la pondremos.... Tú, Cándido, ve á avisar al cura de la parroquia.... ¡y Dios quiera que alcance!

—No alcanzará,—respondió Moragas, que pulsaba á la moribunda.—De todos modos, que vaya.... Y á ver si la pudiésemos trasladar.... ¡Ese colchón!

Ya lo traían, y Orosia fué tendida en él sin haber recobrado la conciencia de sí misma, en aquel deliquio de muerte que era preludio de resurrección á vida menos horrible y amarga. Su ropa, desabrochada por los conatos de socorro de las buenas mujeres, y rota á trechos, dejaba ver algunos fragmentos de mortificada desnudez, y sobre las pobres carnecitas flacas, amoratadas equimosis y huellas, frescas aún, de crueldades brutales. Las comadres se limpiaban los ojos con el pico del pañuelo de algodón; algunos hombres juraron y profirieron sordas amenazas. El colchón fué levantado en vilo por las cuatro puntas, y la comitiva se puso en marcha, dirigiéndose hacia el domicilio de la compasiva dueña. Mas al llegar allí se vió que Don Pelayo acertara de medio á medio. Orosia no necesitaba ya de humano socorro, y en cuanto al espiritual, si Dios no la hubiese perdonado.... Dios no sería lo que es Él, en grado eminente y sumo.


XVII

Á boca de noche entró Moragas una vez más en casa de Juan Rojo. Ya pisaba sin reparo aquel cuchitril siniestro, que entonces se lo pareció doblemente. El reverbero apenas lucía; las camas estaban por hacer, en desorden, y no se veía á nadie en la estancia, hasta que de un rincón sombrío salió Rojo apresurado, ofreciendo silla, y tartamudeando de contento al ver al Doctor.

—Ya creía que no venía nunca más, Don Pelayo.

—No acostumbro faltar á mi palabra,—exclamó Moragas sentándose, y señalando con ademán imperioso al padre de Telmo el otro asiento, único que restaba en el camaranchón.

—Sí, señor; ya lo sé demasiado.... Pero como no venía.... yo.... me tomé la libertad.... me ha de dispensar.... de mandar allá al chiquillo...., pues.... Y me trajo por contestación.... que V.... que ya dispondría.... Bien puede conocer, Señor Don Pelayo, que la cosa urge. El rapaz está perdiendo los mejores años de su vida, los que podía aprovechar para hacerse hombre. Ó en escuela, ó en taller, ó donde V. vea, hay que meterle.... El tiempo vuela.... yo falto de este mundo cuando menos se piense.... y es preciso que él quede ya colocado, para que no se le ocurra....