—Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrírsele—advirtió Moragas.—Basta. No necesitamos ni V. ni yo perdernos en más explicaciones. Todo lo tenemos hablado. Le hice á V. una promesa, ¿no la recuerda? Vengo á cumplirla. Á costa de mi crédito, de mi posición, de mi dinero, de todo lo que soy y valgo, haré de su hijo de V. un hombre digno, admitido por la sociedad, y á quien nadie tendrá que torcer la cara.

—¿Será así?—interrogó Juan Rojo estremeciéndose al contacto de tanta ventura, como al de una corriente eléctrica.

—Así será.

Rojo hizo ademanes de enajenado, y Moragas, más ceñudo y grave que nunca, añadió:

—Pero no de balde. Ya sabe V. que exijo en cambio....

—¡Todo lo que V. quiera! ¡Todo!—exclamó Juan, alzando los brazos y manoteando como para tomar al cielo por testigo.

—¿Todo? Ahora veremos....

Recogióse Moragas como el luchador que echa atrás los codos para reunir fuerzas; caló los lentes de oro, se sobó las manos una contra otra, y dijo solemnemente, midiendo sus palabras:

—Dentro de doce horas, mañana por la mañana, serán puestos en capilla los reos de la Erbeda. Pasado mañana, á las siete en punto, hay orden de que sean agarrotados. El indulto, que se gestionó, no vendrá. No quiere el Gobierno que la Reina ejerza su prerrogativa. Le falta á V., pues, día y medio para quitar la vida á dos semejantes. Vida por vida. Exijo la de ellos, en cambio de la que doy, moralmente, á su hijo de V.

Rojo se quedó inmóvil, con la boca abierta, el semblante medio idiota. Truncadas sílabas brotaron de sus labios.