—Yo.... don.... si.... no sé....

—¡La vida de esos dos reos....!—insistió Moragas.

—Yo...., pero cómo quiere que yo....

—V., V., y sólo V., puede ya salvársela,—prosiguió el filántropo con energía extraordinaria, hipnotizando á Rojo al flecharle el rayo de acero de sus pupilas.—V., y sólo V. Donde han fracasado las Sociedades, las autoridades, el Cardenal arzobispo, los diputados, el Papa, V. va á vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el de decir «no». Cuando le llamen á V. para ejercer sus funciones...., V. se niega. Que le exhortan. «No.» Que le mandan, que le gritan, que pretenden aturdirle. «No, no.» Que le piden á V. explicaciones de su conducta. «No.» Que le llevan á V. ante el jefe de policía, que le quieren apretar los dedos pulgares.... Sufrir si es preciso, y «no», y más «no», y «requetenó» mil veces. ¡Este caso no llegará; yo estoy á la mira; yo impediré que se le haga á V. el menor daño...., á fe de Moragas! Duerma V. tranquilo y descanse, que no caerá un pelo de su cabeza.... Como la negativa de V. ha de ser la misma mañana de la ejecución, tienen que suspenderla por fuerza...., y entonces V. publica en la prensa un comunicado, que yo redactaré, diciendo que no quiso ejercer sus funciones, porque la conciencia le avisó de que no es lícito en caso alguno matar á un semejante. Y de lo demás yo me encargo, y crea V. que ya no morirán en garrote los reos.

Juan Rojo permaneció silencioso, como si acabase de desplomarse el orbe sobre su cabeza. Y orbe era en efecto el que se le desplomaba: el orbe de sus creencias, de sus ideas, de su noción social....

—Pero, señor....—murmuró.—Pero, señor...., yo.... Vamos, me ha de permitir que le diga una cosa...., y es que.... la justicia...., los criminales....

—¡Calle V.!—respondió con voz de trueno Moragas.—¿Quién es V. para raciocinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? ¡La justicia! Queda ahora mismo en este barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de una criatura asesinada...., la hija de Anteojos el zapatero.... ¿no le conoce V.? Su padre la asesinó á fuerza de malos tratos, de barbaridades, de golpes.... Ni un día de cárcel le costará al malvado.... ¿Ó cree V. que todos los crímenes vienen á parar en la vuelta que da V. al torniquete? Ahorremos palabras, que no estoy para perder tiempo, ni para entretenerme en discusiones con V.... ¿Le conviene á V. el trato, sí ó no? ¡La redención de su hijo por la vida de esos reos!

—No se incomode, por Dios, señor de Moragas.... Yo.... ¡Yo haré lo que V. mande! Se acabó.... No hay más que decir.... Y búsqueme trabajo para mí también, porque voy á encontrarme sin pan.... Basta, lo dicho dicho.... Cueste lo que cueste...., haré lo que V.... ¡Digo que lo haré, Don Pelayo!

—Pues corriente,—respondió el médico levantándose, como si no quisiera dejar enfriar la resolución de aquel hombre.—Ya está redimido su hijo de V...., y V. también, por añadidura. Quedará lavada, con esa acción, toda la infamia anterior. Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. Que recoja su ropa.... y que se vaya allá cuando guste; hoy se le prepara habitación en mi casa.

Decía esto Moragas andando hacia la puerta, y dando por consiguiente la espalda á Juan Rojo. Al poner la mano en el pestillo y abrir la boca para añadir «Adiós», hízole volverse un sonido ronco, una especie de mugido como el de las olas del mar cuando se engolfan por estrecho canalizo que las comprime y las desmenuza en espumosos jirones. Volteó rápidamente. El padre de Telmo era quien rugía ó se quejaba.