—Se.... señ.... Don Pelayo, no.... entendámonos.... el rapaz.... ¿Qué....?
Y adquiriendo de súbito, á impulsos del dolor, habla expedita y aun elocuente, rompió así, colocándose ante Moragas en actitud resuelta, como de ataque:
—No; lo que es eso sí que no lo verá V. ni ningún nacido: ¡¡¡llevarse á mi rapaz, quitármelo á mí, que soy su padre, su padre, su padre!!! ¡Apartarlo de mi lado como si yo tuviese el cólera ó fuese un malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, sino un hombre de bien, que ha respetado siempre cuanto debe respetarse, y puedo andar por ahí con la cabeza muy levantada, más que muchos que me hacen ascos! ¡Yo no mancho á mí hijo, y yo no quiero apartarme de él, no quiero! ¡Es mi hijo, no tengo otro, ni tengo sino á él en este cochino mundo!
Moragas midió á Rojo de pies á cabeza con una mirada de hielo,—de un hielo que quemaba, de un hielo que arrancaba la piel como un latigazo; casi sin transición pasó de este mirar despreciativo á una reacción efusiva y piadosa; y apelando á tutear á Rojo, como hacía siempre que deseaba influir más decisivamente en su espíritu, murmuró:
—¿Pero no ves, infeliz, que la base del bien que me propongo hacer á tu hijo es precisamente renovarle la atmósfera? Á tu lado—no lo comprendes—siempre será ¡el hijo del verdugo!; un ser á quien mirarán con asco y con menosprecio los mismos que á fuerza de ruegos le admitan á desempeñar la ocupación más vil y peor retribuida. Tú serás un hombre intachable y la gran persona; ¡pero... mira qué diantre!: ¡á tu hijo, los que limpian las alcantarillas no le quieren por compañero! No tratamos solo de que Telmo encuentre instrucción y trabajo: es preciso que además encuentre honra, que es de lo que andamos escasitos. ¡Ah! Si no fuese por la honra....
Moragas se interrumpió, buscando un argumento concluyente y sin vuelta de hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articular palabra, aunque era más aparente la fatiga de su respiración siempre difícil. De vez en cuando movía la cabeza de izquierda á derecha, como si exclamase: «No, y no.» Y el Doctor, práctico en incisiones profundas, le introdujo el bisturí sin miedo, seguro de acertar.
—¡Es preciso—dijo recargando cada palabra—que ahora te desprendas de tu hijo, para que él no tenga que imitar á los veinte años el ejemplo de su madre, y dejarte solo con tu infamia....!
Certero había sido el corte; certero, y penetrante hasta los tuétanos. Rojo tembló, y algo que era embrión de sollozo y lamento de agonía murió en su garganta, á la cual llevó ambas manos, queriendo deshacer el lazo de la corbata, que realmente no le podía oprimir poco ni mucho. Este movimiento instintivo le recordó otro, que el Doctor le prohibía realizar.... Pensó en los reos. Si sabían que iban á ser puestos en capilla, ¿percibirían ellos también esta horrible constricción del tragadero, esta sensación de convertirse la saliva en alfileres candentes?
—Tu mujer—continuó Moragas con impasibilidad quirúrgica—se fué porque no podía resistir que la llamasen la esposa del verdugo. Prefirió perderse, y hay quien la alaba el gusto: créeme á mí. El chico, en cuanto crezca y distinga de colores, no se resignará tampoco.... á la mala sombra de ser tu hijo. No verá tierra por donde correr para escapársete. ¡Ah! ¿Te creiste que podías tomar por oficio retorcer pescuezos, y que eso era compatible con el amor, el hogar, la familia y los recreos de la paternidad? ¡Valiente bobo! Menos malo es ser hijo de esos reos que te quieren entregar para que les aprietes el gaznate, que tuyo. Á los hijos de los reos no les apedrean. Esos no mataron más que á un semejante, y tú matarás á cien, si te lo mandan, por treinta y siete duros cada mes. Suelta á tu hijo si no quieres que él se te huya. ¿Á que ya está rabiando por largarse de junto á ti?—añadió el filántropo revolviendo el acero en la herida.
Rojo lanzó un grito de protesta.