—No señor... Eso, me ha de perdonar V., pero... es lo que se dice, ¡hablar por no callar! Mi rapaz está bien conmigo..., le trato perfectamente..., hasta, en lo que cabe, le mimo... No le he levantado la mano en mi vida... Se cumple un gusto de él primero que uno mío... ¡El muchacho, ó es un condenado bribón..., ó me tiene que querer!...—Así terminó, gimiendo, el padre.

—¿Sí?—pronunció Moragas con cierta ironía, guiñando los ojos y limpiando los lentes.—Ahora vamos á salir de dudas.... Mira, tu chico me parece que entra....

Se oían los pasos de Telmo, y su mano había levantado el pestillo; pero notando que estaba alguien de visita en el camaranchón, el muchacho se había quedado perplejo, sin resolverse á pasar. Moragas le llamó; y Telmo, al conocer al médico, penetró jovial y petulante.

—¡Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes tú á estas horas?—preguntó el Doctor para abrir camino.

—De casa de la Marinera.—Respondió el pilluelo.—Tiene los ojos perdidos; por eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de los chiquillos se queja de la cabeza. Aquello parece un hospital.

—¿Y tú te dedicabas á cuidarles?—insinuó el médico.—Se me figura que eres un corretón, que te pasas la vida fuera de tu casa.

Telmo se encogió de hombros, y el Doctor continuó capciosamente:

—Por lo visto no estás aquí en tu centro. Debías hacer más compañía á papá. Está feo que vagabundees todo el día.

—¡Y.... para la falta que hago aquí!—exclamó Telmo.—Los demás niños van al Instituto.... Á alguna parte se ha de ir....

Diciendo así, el muchacho interrogaba con los ojos al Doctor, como instándole á que recordase el compromiso pendiente.