—Precisamente para que tu.... puedas.... ir al Instituto, y á todos lados.... estuve ahora.... conferenciando con tu papá. Él conviene en que yo te proporcione medios de estudiar, y de tener carrera, y de seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo teme que tus compañeros vuelvan á jugarte alguna mala pasada, como la del castillo de San Wintila.... ¿Crées tú que te la jugarán? Dinos tu parecer....

Telmo miró á su padre y al médico, reflexionó, sintió que el instinto se convertía en luz...., y como quien se resuelve y se echa á nado desde una gran altura, exclamó impetuosamente:

—Estando á la sombra de V. no me la jugarán.... Si me la juegan hoy en día.... es por lo que es.

—¿Quieres tú arrimarte á mi sombra?

—¡¡Caramba!!

En esta contestación puso el muchacho toda la viveza de su espíritu y toda su alma, infantil aún, pero ya iluminada por la humillación, la adversidad y el martirio perpetuo. Era el anhelo del cautivo que pide que le quiten el cepo y la argolla; era el grito de fiera del egoismo humano que aspira á la felicidad. Rojo no se movía. Representaba la imagen del estupor, fase culminante de la pena. Pero de improviso, por su fisonomía ruda y sin flexibilidad, desatóse la emoción como un torrente. Giraron sus ojos, enseñando lo blanco; apretó los labios; dilató las fosas nasales; y con el ímpetu de ferocidad animal desarrollado en su alma por la profesión, se abalanzó al niño, con las manos abiertas y los dedos contraídos, rígidos, deseosos de apretar un pescuezo.... Fué instantáneo, porque sus falanges se aflojaron en seguida, y empujando levemente á Telmo hacia el Doctor, dijo en voz que se oía apenas:

—Lléveselo. Pero ha de ser ahora mismo. ¡Ahora mismo! No pongo más condición. Esta noche.... que no duerma aquí. Yo.... obedeceré. ¡Lléveselo, por Dios y su Madre, señor de Moragas!

—No; reflexione V. bien, Rojo, antes de decidirse,—advirtió Moragas pausadamente.—Tiene V. para pensarlo la noche.... el día de mañana.... mucho tiempo. Eso sí: desde que V. se resuelva, que sea irrevocable.... porque aquí no vale desdecirse, y ahora sí y luego no. Por lo mismo.... piénselo, piénselo.

—Pensado está,—respondió Rojo con brusca firmeza.—Sólo pido no tener al chiquillo ni un minuto más aquí. ¡Me parece que, á lo menos, ese favor....!