Telmo, comprendiendo á medias, miraba á su padre y al filántropo. Éste, compadecido, transigía ya, proponiendo paliativos, queriendo aplacar el dolor de la carne paternal, que palpitaba bajo el filo del acero.
—Verá V. á su hijo siempre que quiera.... y pasado algún tiempo, hasta podrán Vds. reunirse....—murmuró al oído de Rojo.—La voluntaria retirada de V. del oficio, el haber salvado dos vidas con sólo decir no, le devolverán el aprecio de las gentes honradas.... Si á V. también le redimo, hombre.... Hágase V. cargo.... ¡Si no se hace cargo inmediatamente,—porque es V. tozudo,—ya se convencerá usted dentro de pocos días....! Ánimo, que Telmo no se entere.... Vale más....
Juan Rojo volvió la cabeza; y acercándose á su hijo, le cogió de la mano é hizo ademán de impulsarle hacia el Doctor. El cual, admitiendo la dádiva, agarró activa y calurosamente la mano del muchacho.
—Mañana irá la ropa,—pronunció Rojo en voz mate, apagada, pero resuelta.—Lléveselo, señor de Moragas. Va con gusto mío. ¡Anda; y acuérdate de que ya.... no tienes más padre que el señor!
Telmo quiso decir algo; apretósele el corazón, mitad de alegría, mitad de otra cosa...., y sin acción ni resistencia, se dejó conducir por Moragas. Salieron al aire libre: detrás de ellos blanqueaba la tapia del cementerio: delante tenían la extensión del mar; y, á la derecha, la ciudad, alumbrada por mil luces. El filántropo sonreía: orgullo inefable dilataba su corazón; sus pulmones bebían la brisa salitrosa; sus pasos eran elásticos, iguales; no tropezaba en las piedras; creía volar. ¡Más poderoso que el Jefe del Estado, acababa de indultar á dos seres humanos y de regenerar á otros dos! Y como Telmo no le siguiese todo lo aprisa posible, y aun volviese de vez en cuando el rostro atrás, mirando hacia la barraca maldita, el Doctor se inclinó, echó un brazo al cuello del muchacho, y murmuró con ternura:
—Anda, hijo mío.
EPILOGO
La víspera del día siniestro amaneció el cielo cubierto de nubes de plomo. Por la tarde adquirieron un tinte cobrizo, y oscilaban y rodaban por el firmamento á manera de olas de un mar de metal derretido y candente. Rizada la bahía por el airecillo terral, adquirió bajo aquel siniestro celaje tonos de estaño, y en vez de las frescas rachas de invierno que soplaban días atrás, cayó sobre el pueblo un bochorno singularísimo; estremecieron la pesada atmósfera bocanadas abrasadoras, y ascendió del suelo ese vaho asfixiante que precede á la ráfaga del solano.