Frecuente es en Marineda este aire cálido y terrible, que pesa sobre la naturaleza lo mismo que sobre el espíritu. Diríase que á su hálito letal, la vegetación desfallece, el mar se crispa, la luz se torna lívida y el hombre cae en marasmo profundo ó en insano vértigo. Sorda angustia oprime los pulmones, y nunca con mayor motivo que en horas tales podría un poeta del dolor decir como el profeta hebreo: «Mi alma miró con tedio á mi vida.»

Observaron los marinedinos el estado atmosférico, y aunque no era inusitado, parecióles que tenía, en ocasión semejante, algo de fatídico simbolismo.—Un patrón de taller, amenazado de perder la parroquia de la Audiencia, Regencia y Capitanía general si no aceptaba el horrible encargo, comprara á peso de oro la jornada de dos operarios infelices, que, custodiados por la policía y entre rechifla y murmullos de la plebe, habían principiado á levantar el medroso armadijo del cadalso. Hincados los postes, clavada, Dios sabe cómo, la escalera, aplazaron el resto de la obra sin nombre hasta que la protegiesen las tinieblas nocturnas: temieron que la colocación del palo y del banquillo les valiese alguna pedrada; cuando menos, injurias atroces.

Al punto mismo en que los carpinteros, simulando una retirada, tomaban la espuerta de las herramientas y procuraban embeberse por callejuelas sospechosas, cabizbajos, pálidos de vergüenza y deseosos de encontrar pronto un tabernáculo donde el aguardiente les prestase valor para dar, allá á media noche, cima á su tarea; al punto mismo en que el brigadier Cartoné entraba en la Cárcel para llevar un mazo de puros al reo que estaba en capilla, y á la reo, de parte de la señora brigadiera, un escapulario de la Virgen de la Guardia; al punto mismo en que el reloj de la Audiencia marinedina, ó como allí dicen, de Palacio, lanzaba al aire una campanada sola, vibrante, solemne—las cinco y media—un hombre, que andaba pegado á la pared y se recataba, costeó la solitaria plaza donde campea la fachada principal del Palacio susodicho, y, evitando acercarse á los centinelas que custodian la Capitanía General, se coló, por la puerta de la Audiencia, al zaguán sombrío que da acceso á las Salas del Tribunal de Justicia.

El portero, viendo al hombre, hizo un gesto significativo, como quien dice «ya sé á qué vienes tú» y, descolgando el reverbero con que se alumbraba para leer un periódico, precedió al recién venido, y ambos se internaron en el pasillo que conduce á la Sala de lo criminal.

Antes de entrar en ella, detúvose el hombre, sobrecogido por la vista del ropero donde cuelgan los letrados sus ropas y birretes.—Á la dudosa claridad, y en semejante sitio, las flácidas togas, con sus pliegues sepulcrales, parecían negros espectros de ahorcados. El birrete, distante de la toga, deja un claro que semeja el rostro, y el vuelillo representa la mano.—Dominando el primer movimiento instintivo, siguió adelante. El portero abrió la Sala; aplicó un fósforo á la boquilla de un brazo de gas, y la viva luz azul y dorada relampagueó, iluminando la estancia plenamente.

—¿Es por aquello?—silabeó el portero, que era un viejecito catarroso y temblón.—Pues mejor será que se lo traiga aquí. Allá no se ve nada, y con tanto trasto, ni se revuelve uno.... Vaya, voy por todo. Aguarde.

Quedóse solo el hombre en el templo de la Ley. Sus ojos divagaron con extravío por el recinto, que solitario y mudo adquiría entonces extraña majestad, algo que impondría respeto á la persona menos reflexiva. Vestía las paredes un venerable damasco carmesí: la tela de la etiqueta y de la representación oficial en España, la que tan bien armoniza con las molduras doradas y tan rico fondo presta á las austeras cabezas del clero y la magistratura. De igual tejido eran los sillones, sobre cuyas tallas de oro apagado campeaban la balanza de Temis y la espada vengadora. Idéntico tono de púrpura intensa tenían el forro de la mesa y la tribuna del Fiscal. Bajo el dosel del Presidente, el Rey Alfonso XII, amarillento, injuriado por el pincel de un mal retratista, fijaba en el espectador sus ojos inteligentes y tristes. Las arrogantes armas de España, bordadas con oro, decoraban el respaldo de los bancos, de raído terciopelo granate.

Por efecto sin duda del estado de su alma, el hombre creyó nadar en un charco sangriento. Aquel color vivo que le rodeaba, le infundía deseos de rasgar, de arrancar; impulsos de toro acosado, destructores, feroces, ciegos. «¡Si pudiese hacer pedazos la Sala!»—pensó, mientras en su trastornada cabeza retumbaban furiosas voces.—Volvióle á la razón momentáneamente la entrada del portero, que traía en las manos dos cajas cuadrilongas.—Eran los instrumentos, que se custodian en la Audiencia, en un cuchitril obscuro, escondidos como si fuesen la prueba de un crimen, hasta que, la víspera de la ejecución, los recoge el verdugo para adaptarlos al palo....

Depositó el portero las cajas sobre la mesa, no sin cierta visible repugnancia, y Juan Rojo, sereno ya en apariencia, serio y poseído de su papel, se aproximó y alzó la tapa, á fin de reconocer el contenido.

Debajo de paños empapados en aceite, reluciente y limpio como si se acabase de frotar, apareció uno de los dos garrotes: cabalmente el modificado con arreglo á las indicaciones de Rojo. Tiene este artefacto de muerte, que la produce á la vez por estrangulación y por asfixia, el defecto de que en ocasiones retrocede el eje de hierro donde empalma la cigüeña, y no logrando el torniquete destrozar con la rapidez necesaria las vértebras cervicales y reducir el pescuezo al diámetro de un papel, puede la agonía de la víctima prolongarse un espacio de tiempo en que cabe un infinito de horror. No tanto por esta consideración como por miedo á un fracaso y á una grita, Juan Rojo había discurrido sujetar la uña que afianza la palanca ó cigüeña de un modo ingenioso y seguro, y se envanecía de su obra.—Aquel perfeccionado garrote fué el primero que registró.... Después examinó el segundo, cerciorándose de que giraban bien ambos: y cerrando las cajas y envolviéndolas en roto paño de sarga negra, las ocultó bajo la capa, sin decir palabra al portero, que tampoco parecía demasiado locuaz. Viendo que Rojo cargaba con sus prendas, tosió el vejete, gargajeó, dió vuelta á la villa del gas, y tomando otra vez su reverbero ahumado, guió silenciosamente hacia la puerta. Hasta que Rojo traspuso el umbral, no le dijo en tono más irónico que amistoso: