—Vaya, abur.... Tiento en las manos. ¡Y que aproveche!
Rojo ya no podía oirle, ni se oía más que á sí mismo. Después del tenaz y delirante insomnio; después de haber reemplazado el alimento con la bebida, sin conseguir la bienhechora embriaguez; después de un día entero de dar vueltas á las mismas ideas en la angosta caja de su cráneo, dolorida y próxima á estallar, Juan Rojo tropezaba siempre contra una pared de dura roca: la imposibilidad de la desobediencia. «La autoridad manda.... ¡Yo no puedo negarme! Soy un funcionario.... ¡Tienen derecho sobre mí!» Recordaba su promesa, cierto; pero ¿qué significa la promesa libre, voluntaria, contra el mandato superior, la obligación? «No, no me puedo negar.... ¿Quién soy yo para negarme?» Problema sin solución para Rojo....
Miento.... Una solución se le había ocurrido en las horas de solitaria desesperación que pasó sin dormir, viendo la cama de Telmo vacía, y vacío el cuarto, y vacío más que todo el mundo.... Y de día tornó la solución á presentarse, clara, sencilla, consoladora y tremenda.... Fué por la tarde, cuando las primeras ráfagas de aire solano vinieron, como vahos de caldera infernal, á estremecer el ambiente marinedino. Rojo acababa de atar los picos de un pañolón viejo, un pañolón que había pertenecido á su mujer, y que serviría de baúl á la ropa de Telmo: Juliana se encargaba de llevarla á casa del Doctor.—La vista de aquellos despojos del naufragio de su vida evocó en Rojo la memoria de las agonías pasadas y presentes.—Volvió á ver, como si los tuviese delante, con la lucidez que se adquiere en las horas supremas, á María y á Telmo; pero no á Telmo ya crecido, sino tal cual era en brazos de su madre; vió sus manitas gordezuelas, que salían del mantón de abrigo en que andaba envuelto y buscaban á tientas el seno maternal.... Madre y crío, así apretados, llenos de intimidad, de dulzura comunicativa, se reían, se halagaban; pero al acercarse Juan Rojo, deshacíase el grupo: la madre arrojaba á la criatura lejos, muy lejos, y salía huyendo, tan rápidamente que más parecía haberse disuelto en humo por el aire....
—«Para no desobedecer y al mismo cumplir la palabra....»—volvía á pensar Rojo algunas horas después, al dirigirse hacia su rancho apretando bajo el brazo las dos cajas cuadrilongas. Ya no se veía cuando entró en el camaranchón: á tientas—no quiso encender luz—buscó algo sobre una mesa, y soltando en ella su carga, encontró lo que deseaba: botella y vaso. Echóse al cuerpo un largo sorbo, y le pareció ver más claro en su perro destino, confirmándose en que ni tenía otra salida, ni otro alivio que esperar. Único medio era aquel de cumplir los deberes que entendía le ligaban á la Ley, á la Justicia social y á la Vindicta pública,—entidades hijas de la conciencia, y que, por lo mismo no pueden sobreponerse á su augusta genitriz....
—Otro sorbo.... y ánimo.—Un estremecimiento, una horripilación recorrió las venas del hombre que tenía por oficio matar. Paladeó el ajenjo de aquel susto, y lo afrontó, y logró que le amargase menos. ¡Bah! Un segundo, un pataleo, menos aún, la convulsión de un cuerpo atado, al hincarse en las vértebras un tornillo.... Eso y nada más es la muerte.—Embozóse y salió. Tocaban al Rosario en la capillita próxima, y Rojo dudó primero, y luego entró en ella despacio, y se arrodilló entre los grupos de mujerucas. La voz gangosa del sacristán se elevó iniciando el rezo, pero Rojo no tomaba parte en él: su garganta no sabía articular sonidos, y lo sentía, porque era creyente y ansiaba rezar entonces. Una vecina le reconoció y le señaló á otra con el dedo, mostrando desagrado y reprobación. Rojo sintió un hervor de ira. «¡Ni aquí consienten mi compañía, centella! Señálame, señálame, vieja del diablo, que para lo que me has de señalar....»
Volvió á salir, y con paso tranquilo, muy ensimismado, tomó el camino de la Torre. La luz del Faro atraía sus ojos; se le figuraba que desde allí, más bien que en la capilla, alguien le miraba piadosamente. Sin embargo, á los diez pasos retrocedió; entró de nuevo en el rancho, y recogió el envoltorio de las cajas. Llevándolas bien cogidas, emprendió la ascensión otra vez.
El camino serpeaba, y al través de campos yermos rodeados de peñascales, subía hasta el promontorio, donde la fenicia Torre se yergue imponente, justificando su dictado de centinela de los mares.—Oíase cada vez más próximo el tumbo del Océano que rebotaba contra las peñas, y un aire potente, vívido, rudo como la misma costa, azotaba el pelo gris de Rojo.—Ya al pie del alta plataforma, que descansa en la escollera, Rojo se detuvo, y, en vez de subir la escalinata, metióse por los eriales y marismas que conducen al arenal de las Ánimas, el cual tal vez deba su fúnebre nombre á las muchas víctimas que cada invierno, en la pesca del percebe, sucumben en tan temeroso paraje.
Antes de que Rojo sentase el pie en el arenal, le paró, helándole la sangre en las venas, el mugir lúgubre y pavoroso de dos hinchadas y cóncavas olas, que al reventar le salpicaron de espuma.... Y no era día de tormenta, ni acaso fuese aquella la marea más viva del equinoccio; pero debe de tener la ensenada de las Ánimas tan especial hechura, que el Océano, al derramarse allí, se encuentra preso, herido, subyugado, y rebrama, y salta en remolino arrollador, y quiere escalar el cielo....