Juan Rojo se sintió á la vez espantado y ensordecido. El oleaje, con su misteriosa blancura cerca y su inmensidad incolora allá lejos, le aplanó el alma, y como el marino arroja lastre por cima de la borda, lanzó á las rompientes las cajas que oprimía bajo el brazo. Las olas no interrumpieron su clamoreo ronco de ardiente jauría que persigue á la res. El padre de Telmo se volvió de espaldas al mar y no viéndolo, recobró ánimos; dejó sobre una peña capa y sombrero; sacó un pañuelo del bolsillo; contempló un minuto, intensamente, la luz del Faro; luego dobló el pañuelo y se vendó los ojos apretando mucho, de manera que también tapase los oídos, para no escuchar la voz del abismo, que le haría retroceder.... Y así, ciego y sordo, anduvo con los brazos extendidos hacia delante, hasta que de pronto se sintió envuelto, cogido, arrastrado, y el agua, al inundar sus pulmones, sofocó el grito supremo.
FIN