—¡Cosa más rara! —exclamó riéndose Portal—. Has nombrado precisamente todas las cosas que Mo posee. ¡Padre y madre! ¡Ya lo creo! Y excelentes personas. Un poco así... vamos, muy ingleses en su tipo. ¿Perrito que le ladre? Se me había olvidado decirte que cuantas tardes pasea conmigo, lleva un King Charles de lanas negras... una monada.
—Estaréis muy monos, efectivamente, la señorita, el cusculeto y tú.
—Y —prosiguió mi amigo desdeñando la interrupción— en cuanto a oficio y beneficio... Mo no es como estas mujeres de por acá, que andan en busca de un marido que las mantenga, porque su ineptitud y las absurdas ideas sociales no las permiten ganarse honradamente la vida. Mo va todos los días a la calle Ancha de San Bernardo a dar lecciones de inglés, geografía e historia a unas señoritas hijas de gente rica. En muchísimas casas le hacen proposiciones para institutriz; pero no la conviene. Prefiere estar con su familia, con sus hermanitos.
—¡Ay, ay, ay!... ¡Malorum! —dije, saboreando el gusto de motejar a Portal—. ¡Muy encandilado te veo! Esto va a tener mal fin.
—¿Quién, yo? —preguntó mi amigo, tocándose con el índice de la izquierda la solapa de la americana—. ¿Casaca a mí, al hijo de mi padre? ¡Quia, hombre! Por lo mismo que se trata de una mujer ilustrada, instruida, superior a su sexo, ¿crees que preguntará si voy con buen fin? ¡Dios nos libre! Mo y yo somos dos amigos... vamos... dos que se gustan, que se dan paseítos juntos por las afueras y que se irán algún domingo de excursión a Alcalá o al Escorial... ¡Pero de esto a lo otro! ¡A la Vicaría! ¡Qué desatino, chacho! Ella vive y se las arregla; yo estoy en camino de conquistarme también mi posición; no tengo nada de Quijote ni de visionario; por lo tanto, figúrate si he de caer en ese pozo.
—¿Entras en la casa? —pregunté.
—Todavía no —respondió mi amigo con cierto embarazo.
—¿Pero vas a entrar?
—¡Ah! Sí; no habrá más remedio... Pero en concepto de amigo de Mo solamente. Nada de noviazgos oficiales. Así se lo he dicho a ella, y está enteramente conforme. En su casa tampoco hacen preguntas indiscretas, ni extrañarán que lleve presentado a un amigo, a tomar té. Son otras costumbres, más fáciles y racionales que las nuestras. Después que me presenten a mí, te llevo a ti un día. Debe de ser una casa patriarcal.
—¿Conque excursioncitas? Ahora veo la razón práctica de los cuatro duros menos una peseta del apestoso —dije a Portal, para tirarle más de la lengua.