—No sé si puede llamarse entruchar —prosiguió el oportunista—. A las tres veces que pagué ya me saludó. Al otro viaje después del saludo, me pidió prestado El Imparcial, que yo acababa de comprar, y comentamos juntos alguna noticia. Ella solía bajarse poco más allá del Tribunal de Cuentas, a la entrada de una calle muy solitaria, donde me dijo que vivía. Así que se estableció el trato, la propuse que llegase conmigo hasta la iglesia de Chamberí, que luego nos volveríamos a pie; y aceptó la proposición sin empacho, porque en el extranjero no existen esas ñoñerías ridículas de aquí, y una señorita y un hombre se pasean juntos sin que tiemblen las esferas. A pie nos volvimos, con una tarde preciosa, y charlando que era una bendición de Dios.
—¿Y qué tal de varas? ¿Entra bien en suerte?
—¡Varas! ¡Estás fresco! Te equivocas de nación, hijo. A mi inglesa no ha nacido el que le ponga varas. Con una española, en el mero hecho de dar ese paseíto entre dos luces, teníamos arreglado el asunto; pero con esas barbianas... ¡Si ni sabe uno por dónde empezar!.
—¡Inocente! —exclamé gozándome en ver al sagaz Luis cogido en la red, como un doctrino—. ¿No te acuerdas de lo que dice Shakespeare (ya ves que cito un inglés) en Otelo?: «El vino que ella bebe está hecho con uvas.»
—¿Sí? Pues aplícale eso a tu Carmiña, que a Mo no le cuadra. Porque lo que no resultó en el primer paseo... resultó en los posteriores... ¡Pero si vieras! De la manera más natural del mundo. Si te cuento como...
—Todo soy oídos.
—Pues nada... Figúrate que siempre hablábamos de cosas indiferentes, de esas que son conversación vedada para las madrileñas: de política, de ciencias, de literatura, de artes, hasta de religión... y yo sin encontrar resquicio para espetarle la declaración y saber cómo lo tomaría... Una tarde que habíamos dado un paseo más largo que de costumbre, la veo que saluda a un señor alto y entrecano que pasaba, y al saludarlo se azara bastante. Pregunto por qué, y quién es aquel señor, y me contesta: «¡Oh! Nadie... El representante de la compañía Stirling, que conoce a mi papá muchísimo. Yo me he puesto así, colorada, porque como aquí no es costumbre que las señoritas paseen solas con sus novios... En mi país se hace, y no extraña...» Así averigüé que era novio de Mo. ¡Figúrate cómo me quedaría!
—¡Olé por la pérfida Albión! ¡La niña que no tomaba varas! Total, que ella fue quien te espetó a ti su atrevido pensamiento.
—¡Bah!... No sé a qué te entero de estas cosas. Está visto que nuestro ideal amoroso se parece como un huevo a una castaña. Mejor me fuera callarme el pico.
—No, hombre, no; si me hace gracia el verte dichoso y contento, en posesión de la mujer con que sueñas. ¿Que es Mo? ¡Pues santas Pascuas! Ya ves que soy más tolerante, muchísimo más que tú. Tú no transiges con la mía... Yo admito la tuya, con sus pies de una vara de largo, que parecerán dos sollas... Y a todo esto, aún no sabemos qué oficio ni qué beneficio tiene la señorita Mo, ni si cuenta con padre, madre o perrito que le ladre.