Portal se acercó a la mesa, cogió un lápiz y escribió sobre el primer papel que halló a mano: Maud.

—¡Ah! —exclamé, recordando mi inglés prendido con alfileres—. Eso me parece que significa Matilde. ¿Por qué no la llamas Matilde, que es más bonito y suena mejor?

—¡Hombre, qué ha de sonar! Mo es precioso... Mo, Mo... —repitió Luis relamiéndose.

—Bueno, pues convenido; responde por Mo la inglesa —dije, comprendiendo que mi amigo estaba encariñado con la sílaba británica—. ¿Y dónde has descubierto ese tesoro?

—En el tranvía. Suelo meterme en él a la tarde, ir hasta el fin del trayecto y volver luego paseando. Muchas veces subo por el de la Puerta del Sol a la calle de Fuencarral, y no me bajo hasta la Glorieta de Bilbao; desde allí, pédibus andando, a casa, a comer. Esto, generalmente, de seis a siete. Dos o tres tardes noté que en la misma Puerta del Sol entraba una señorita de aspecto extranjero. Chico, desde el primer día me llamó la atención. ¡Iba tan decidida y tan sencilla y tan seria! Por el camino sacaba un libro y leía. Miré de reojo... y debía de ser una edición de Shakespeare, porque distinguí una lámina de Romeo subiendo por el balcón de Julieta.

—Bonito misal para una señorita —interrumpí yo—. ¿Sabes que por ahora no veo nada de particular en todo eso?

—Ni lo verás después —replicó Portal con algún enfado—. Para ti, todo lo que no sea descolgarse por una reja, robar a una esposa del Señor o seducir a una creyente heroína...

—No te sulfures, y sigue palante.

—Pues poco tengo ya que añadir —exclamó mi amigo, evidentemente amostazado por la interrupción—. Escalamientos y raptos, no los hay en esta historia. No la canté ninguna trova, ni la propuse la fuga. ¡Ha sido lo más vulgarón!... En vez de afincarme de hinojos, fui y la pagué el tranvía...

—¿Y diez a diez céntimos, entruchasteis la inglesa y tú?