—No es eso, hombre... no es eso. Es que no estando en pormenores...
—Bueno cállatelo si te da la gana, pero no me vengas con músicas. A fe que si quieres explicarte...
—Pues procuraré enterarte bien... y enterarme yo mismo: estoy aún como quien ve visiones. Lo primero, te diré que es una extranjera, una inglesa...
—¿Inglesa?
—Sí, hijito; castiza, del mismo Londres... Una mujer preciosa; el tipo de allí, ya sabes... alta, blanca como la nieve, muy fresca, facciones regulares, y el pelo de un rubio así pálido, pálido... casi ceniza... ¡No creas que sosa... no! ¡Más maliciosa y más salada!... En los carrillos dos hoyos llenos de chiste.
—Que me estás haciendo agua la boca... Ten caridad, hombre.
—No exagero pizca. ¡Si te aseguro que he tomado el asunto con cierta serenidad! No soy como tú, que te vas amelonando, amelonando... hasta que pierdes la chaveta. Nada de eso; yo en mis trece... Pero de ahí a cerrar los ojos y desconocer las cualidades de la persona...
—Anda con ellas. Inglesa, alta, pelo ceniza, hoyos... ¿Qué más?
—¡Bah!... ¿Soy algún simplón? Lo de los hoyos y del pelo es lo que menos me importa. Si algo me interesa o podrá llegar a interesarme, es el modo de ser de la chica. Ya sabes que a mí no me hace feliz la ignorancia cerril de la mujer española. Me gusta una muchacha instruida, capaz de alternar en conversación, despreocupada, con aficiones artísticas y conocimientos en todas las materias... Esta creo que es la mujer del porvenir. Bueno; pues mi Mo realiza ese tipo.
—Tu... ¿qué? —pregunté interrumpiéndole—. ¿Cómo dices que se llama esa señorita?