—Tienes razón —contesté poniendo la sordina—. Conste que no me ilusiono, ni hay tales carneros. Habré delirado, habré divagado; pero aquello... ni fue divagación ni delirio. Tan verdad como que ahora charlamos los dos aquí.

—Y después —interrogó Luis—, ¿nada?

—Nada absolutamente; ni esto.

Calló Portal un instante, y dándome suave palmada en el hombro, declaró con énfasis:

—Hijito, piensa bien si te es igual ser perdigón o aprobar las asignaturas. Si te es igual, sigue enamorado así, a lo don Quijote, de la fermosa Dulcinea; si no, manda a paseo figuraciones y delirios; trinca los libritos en cuanto estés bueno del todo... y a vivir. Desde que te amartelaste, hablas y obras lo mismo que si tuvieses dos mil duros de renta asegurados y siguieses la carrera por adorno. Mira que estamos en abril, y que una enfermedad retrasa. Ya sabes que nuestros arrenegados estudios son como las cabras del cuento de la pastora Torralba: si saltamos una cabra, hay que empezar el cuento otra vez. Aprende de mí; me descuidé el año pasado... ¡No volverá a suceder, juro a Dios, por muchas tentaciones que se me presenten!

Al hablar así, sonrisa misteriosa iluminó la amplia faz de mi amigo, y sus ojos, expresivos a fuerza de inteligencia, destellaron chispas de orgullo, lo mismo que si dijesen: «Tampoco por acá somos costal de paja, y tenemos nuestras aventuras como cada hijo de vecino.»

—Chacho —pregunté—, ¿qué pasa? ¿Hay gato encerrado?... ¿De cuándo acá secretitos para mí? ¿No te lo cuento yo todo?

La sonrisa de Portal se difundió por su gran cara, y más que sonrisa fue resplandor de alegría verdadera. Los hombres que tienen poco partido con las mujeres, sonríen así cuando pueden afirmar que han cautivado a una.

—¡Psh...! —respondió, alardeando de modesto y de discreto—, verás. Como se trata de una cosa tan particular, tan distinta de lo acostumbrado... No sé si te harás cargo... ¿eh? Porque es de lo que no abunda.

—Gracias por la brillante opinión que tienes formada de mis entendederas.