—¡Eh, pocas valentías!... A sentarse —ordenó Luis—. ¿De modo que hecho un héroe? ¿Con ánimos para todo?

—Según para qué —respondí, dejándome caer en la butaca y envolviendo las piernas otra vez en mi capa raída—. La carne va robusteciéndose; pero el espíritu... ps, ps.

La faz de Portal expresó claramente este signo ortográfico: «?».

—Tú no sabes las cosazas que yo soñé en los días de mayor gravedad, en los días del calenturón, de los treinta y nueve grados y muchas décimas... Soñé (pero mira que lo estaba viendo y oyendo tan claro como te puedo ver y oír a ti, si me hablas ahora) que la tití... ¿entiendes? la tití en carne y hueso me hacía mil caricias, me decía palabras tiernas así por lo bajo, me abrazaba, consentía que la abrazase... en fin, que teníamos resuelto el problema.

Portal continuaba mirándome, pensando tal vez: «Dejemos a este que desembuche. A ver en qué para.»

—Pues hijo —continué—, cesar el peligro y disiparse el sueño, fue todo uno. Mi tití ya es la de siempre: fuerte e inexpugnable, revestida de su deber lo mismo que de una cota de mallas. Cariñosa conmigo, sí; ¿pero qué? El cariño que nadie rehúsa a un enfermo, a no tener entrañas de fiera. ¡Nada de lo otro... nada! Así es que echo de menos la fiebre, y la antipirina, y las drogas puercas que me disponía nuestro paisano el doctorcillo Saúco, el cual me ha vuelto loco a fuerza de potingues. ¡Ay! Me papaba yo ahora un cuartillo de óxido blanco a trueque de oír alguna de aquellas palabritas de azúcar... o por soñar que las estaba oyendo.

Mi amigo se cogía la barbilla como quien reflexiona. Al fin resolló:

—¿Y estás bien seguro de que efectivamente no has soñado las demostraciones de la tití? ¡Cuando se tiene calentura alta!

—¿De cuándo acá me ilusiono yo tratándose de esta mujer?

—Baja la voz —advirtió el prudente orensano—. Pueden andar por el pasillo, y si nos oyen...