Nunca había yo reparado la mala gracia y prosaico exterior de Luis como un día que vino a verme, hallándome ya convaleciente de la enfermedad que atrapé a la salida del teatro Real —y que no sé si debo llamar bronco-pneumonía, bronquitis capilar, laringitis aguda, pulmonía doble, o darle otro de los infinitos nombres que entretejen la complicada red de las afecciones de los órganos respiratorios—. Después de haber estado en verdadero peligro, alcanzando esas temperaturas altísimas más allá de las cuales el organismo se deshace y sobreviene la muerte, de pronto se inició franca mejoría, y ya me permitían levantarme un poco a las horas favorables, y permanecer al lado de mi mesita repantigado en una butaca. El día en que Portal vino a acompañarme —domingo por señas— estaba el cielo encapotado, cosa no frecuente en Madrid, y el camarada entró hasta mi habitación metido en luengo impermeable barato, de esos que apestan a azufre desde una legua. Oculto en aquella garita de tela rígida, con su esclavina, su capucha caída a la espalda y su hongo, Portal parecía más rechoncho y desairado, y el color bazo de la prenda se confundía con el moreno sucio de su gran cara. Esta, no obstante, irradiaba júbilo, que yo atribuí a la compra y estreno del impermeable, y así se lo dije al comprador.
—¡Qué tono nos damos! ¿Cuánto vales hoy con funda?
Portal sonrió, giró sobre sus tacones, se puso de perfil, se volvió de espaldas...
—¿No parece increíble que lo den por cuatro duros menos una peseta? ¡Y vengan chaparrones! Ya puede uno salir al campo, hacer cuantas expediciones quiera...
—Sí, pero no estar al lado de un amigo convaleciente. Hijo, eso huele a demonios —advertí sin fijarme en la rareza de que Portal, tan sedentario y comodón, soñase en hacer excursiones campestres cuando se necesita chubasquero.
Mi amigo salió a colgar en el perchero del recibimiento la prenda, y volvió, ya a cuerpo gentil, a sentarse cerca de mi sillón, dirigiéndome la pregunta clásica:
—¿Qué tal ese valor?
Abrí la válvula. ¡Necesitaba tanto explayarme! ¿Y con quién mejor que con Luis, el amigote conocedor de la rara historia de mi alma durante el período de un año?
—De la enfermedad, muy bien; a pedir de boca. Cada sorbo de caldo es vida que bebo. Ya puedo andar ¿ves? sin trémolos en las piernas ni telarañas en los ojos.
Hice la prueba: me puse en pie y di algunos pasos firmes, tropezando en seguida con la pared, pues mi cuarto era, como ustedes no ignoran, reducidísimo.