—¡Felipe, alma, corazón mío, si no me voy!

Y sobre aquellos labios, roídos por el asqueroso mal, con una vehemencia que en otra ocasión me hubiese estremecido de rabia hasta los mismos tuétanos, apoyó su boca firme y largamente, y sonó el beso santo... Mi tío, galvanizado, consiguió incorporarse; pero el esfuerzo retiró probablemente la sangre de su cerebro... y cuando su cabeza volvió a recaer sobre la almohada, ya vidriaba sus ojos la agonía. ¿Qué más te diré?... El Padre Moreno dijo la recomendación del alma, a que contestamos Carmen y yo... Nada, lo que puedes suponerte...

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—¿Cuál fue ese fenómeno raro que notaste entonces? —preguntó el curioso Portal.

—Que el corazón me aumentó de tamaño... No te rías, se me ensanchó atrozmente... y fui cristiano por espacio de una hora lo menos.

El orensano parecía reflexionar.

—¿Y cuándo te casas con la viuda? —dijo al fin.

—¡Vaya una ocurrencia! Está con su luto riguroso... y padeciendo, pues acabada la asistencia, se vieron las resultas de tanta fatiga en el quebranto de su salud. A Pontevedra se ha vuelto. Sé de ella por mi madre. Ignoro lo que siento... Necesito analizar mi espíritu...

En aquel instante amanecía y los canoros ruiseñores de Aranjuez, desde la frondosa copa de los árboles centenarios, saludaban al nuevo día con sus arpadas lenguas.

—¿Sabes —indicó Portal— que este sitio es precioso? Mira qué alborada nos dan los pájaros... Y luego la habitación grande y fresca, el piso de azulejos... Voy a venirme aquí a pasar la primer noche.