—Salustio... per... perdóname... y dile a... a... tu madre que... me per...
¡Qué espantoso daño me hizo aquello! Se me apretó la garganta, se me cortó el aliento, y exclamé, ahogándome:
—No me pida usted perdón... Le ruego que no me lo pida usted... Yo soy quien debe...
—Su señor tío —interrumpió el Padre secamente— está animado de sentimientos tan equitativos, que hizo ayer sus disposiciones dejándole a usted la parte mejor de su caudal... El total no, porque también favorece en el testamento a su señora, que le ha asistido... como usted sabe y le consta... y que le ha dado pruebas de cariño inmenso.
—¡Tío! —exclamé fuera de mí—: ¿por qué hizo usted ese disparate...? Todo, todo a Carmiña... Ella lo merece; yo ni lo merezco, ni lo quiero, ni lo admito. Me ocasiona usted el mayor disgusto... No me deje usted nada. Renuncio... ¡Por Dios! He concluido mi carrera, y a mi madre la sobra con qué vivir. No necesito bienes. Por Cristo, borre usted mi nombre de su testamento.
—Felipe —suplicó a su vez la tití con voz empañada por el llanto—, déjaselo todo a tu hermana, todo, todo; y yo, si no me quieren en casa de mis padres, con ella me iré a vivir, caso de que tú faltases... que no sucederá, porque Dios te conservará la vida.
—Basta de porfías —intervino el fraile—. No sean bobos por exceso de desinterés. Don Felipe estuvo acertadísimo en el reparto de su hacienda. Si logra algún alivio en su enfermedad, ya tendrá tiempo de modificar la última voluntad que ayer dictó. Ahora —por si empeorase— que piense en Dios, en su justicia y en su misericordia. Carmen, échese usted un rato. Salustio y yo velaremos... Saúco no tardará en venir a pasar la noche también...
Al hacer el Padre esta proposición el tronco del enfermo se agitó, sus manos entrapajadas salieron de entre las sábanas, y con sobrehumano esfuerzo gritó claramente:
—¡No te vayas... Carmiña!
Ella se precipitó al lecho con el rostro casi transfigurado, con la expresión angelical de la Santa Isabel de Murillo, se desplomó sobre el leproso, murmurando: