—Dice el médico que no pasará de esta noche o de la madrugada. La anemia, producida por las lesiones interiores y sus consecuencias, es lo que le acaba. Lo que es peor el mal propiamente dicho... viviría diez años, si vida puede llamarse la de un leproso.

—¿Y quiere verme? ¿Sabe usted que no tengo ganas de ir?

—Pues venga usted sin ganas —contestó el fraile, terciándose el manteo o capa eclesiástica, y echando delante con resolución. Ya no usaba muleta; estaba otra vez hecho un valiente.

Le seguí; ¡qué remedio!, subí las escaleras, crucé el pasillo, entré en el cuarto, y a la débil luz de una lamparilla y en el fondo de la cama que en otro tiempo fue tálamo nupcial, vi un objeto de forma indistinta: la cabeza del enfermo envuelta en vendas múltiples. Una voz ronca y extraña, como la de los sordomudos, me llamó; sin duda la enfermedad había atacado las cuerdas vocales... Mi tití, que había entrado conmigo, se colocó a los pies de la cama, y al otro lado de ella se situó el Padre Moreno.

—Sal... us... tio... —pronunciaba el enfermo tan dificultosamente, que una misteriosa tristeza compasiva se apoderó de mí—. Es... toy... muy...

—No hable usted, tío... —supliqué aproximándome más, arrostrando el olor de éter mezclado con el de la descomposición cadavérica que exhalaba ya aquel cuerpo—. Si tiene usted algo que decirme... Carmen lo hará por usted.

—Carm... hija... ven... —articuló el desgraciado.

Carmen se acercó también, pero sollozando, con el rostro oculto en el pañuelo.

—Yo hablaré, señor de Unceta... no se fatigue —intervino el Padre—. Lo que quiere su tío es decirle que... vamos... que allá en otro tiempo... cuando murió el señor abuelo de usted y se hicieron las partijas... tal vez no hubiese toda la equidad posible en el reparto de los cupos... y que hoy, en estos momentos solemnes...

Al llegar a este punto, el viviente cadáver pretendió incorporarse, ladeose un tanto, y de entre sus vendas y del fondo de su destruida laringe salió un acento... ¡qué acento, señor!... Decía: