—¡Te repito que entonces mutilo completamente el carácter y la imagen de Carmiña! —objeté dolorido—. Si no la seguimos paso a paso en el camino del calvario; si no la vemos abandonada de todo el mundo; negándose a llamar a una monja de las que asisten, porque don Felipe no quería cuidados más que de su mujer; habiéndosele despedido los criados por pánico de «coger el mal»; pasándose las noches en vela, rendida, febril, sin probar alimento en veinticuatro horas, obligada a lavar ella misma las vendas y los trapos...

—¡Huy, hijo! Vendas... trapos... ¡Todo eso apesta a hospital, a fénico, a pus! ¡No lo nombres siquiera! Toma mi consejo. Insisto en que no debes decirlo. El arte no desciende ahí. El arte debe ser una selección... El artista pasa a través de la naturaleza haciendo lo mismo que haría un paseante inteligente y delicado: recogiendo las florecitas para atarlas y formar un ramillete y colocarlo en un lindo búcaro. La ciencia... ya es diferente: el botánico puede coger las hierbas malas, feas y ponzoñosas, y guardarlas con cariño, y estudiarlas y clasificarlas...

—Pero si yo no tengo pretensiones de artista, ni Cristo que lo fundó —contesté con la menor dosis de sinceridad posible.

—Hablamos para el caso de que las tuvieses. Suponiendo que ese libro de tu autobiografía fuera a imprimirse, yo le daría un tajo; me pararía en firme en aquel incidente... verás... La escapatoria de Camila Barrientos con el novio de su hermana... Porque creo que esa vez fue la última que se cruzaron entre Carmiña y tú palabras relativas al drama de pasión que indudablemente existía entre ambos, muy tapadito, pero muy auténtico. Después, para que no se ignorase en qué había parado la cosa, pondría un epílogo... la muerte de tu tío... y nada más. Nada más por ahora, quiero decir, porque tus confesiones traen cola, chacho; a los dos o tres años de estar casado con la tití... han de sucederte cosas dignas de la pluma de Balzac. Sigo en mi idea. Esta clase de mujeres tan santas, tan excelentes y admirables, no pueden hacernos felices a nosotros... y nuestra existencia a su lado sería un infierno. En fin, hoy no es día de que yo predique a nadie... Estoy desautorizado. Se ha llevado pateta mi prestigio.

—Vamos —indiqué—, lo que pasa es que a ti, en tu estado de ánimo actual, no te hacen gracia esas páginas dolorosas. Pues las salto... y si quieres, de palabra te contaré cómo se murió mi tío, pues fue un momento en que experimenté yo una emoción bastante rara. No tengas miedo: abreviaré, porque conozco que estás muriéndote de sueño... y hoy es jugarte una serranada el no dejarte dormir.

Sonrió el orensano, y yo continué:

—En los últimos meses de la enfermedad, mi tío no se dejaba ver de nadie, más que de su mujer y del médico. A mí se me prohibió la entrada. Yo hubiera insistido; pero me lo impidió una interminable carta de mamá, donde me anunciaba el propósito de venir a Madrid para obtener que su hermano testase en mi favor, como era justo. La tal carta me hizo adoptar dos resoluciones: primera, la de engañar a mamá, evitando a toda costa que viniese, afirmando que mi tío estaba resuelto a dejarme su fortuna toda; segunda, la de no poner los pies en la casa mientras durase el mal. Parecíame esto de elemental delicadeza, no sé si en mi resolución entraría por algo la poca gracia que me hacía el contagioso y horrible padecimiento.

Una tarde vino a mi fonda el Padre Moreno, solicitando hablarme privadamente. Yo ignoraba que el fraile moro hubiese regresado a Madrid; le creía convaleciente en el convento de Chipiona. Díjome que venía a activar y despachar ciertos asuntos de su Orden, «que a usted le importan un pito», añadió con su brusca familiaridad acostumbrada, y que se alegraba, porque así había conseguido reducir al marido de Carmen, el cual, a fuerza de tanto padecer, y enterado ya de su verdadera situación, estaba «dado a Barrabás, y sin querer aceptar la voluntad de Dios, ni confesarse».

—Ya le tenemos como un guante —prosiguió Aben Jusuf— y ahora lo que desea es verle a usted en estas últimas horas...

—¿Tan malo está?