—Que antes no pensabas así. Todo se te volvía prudencia, reflexión, oportunismo y cuquería.

—Pues... velay. ¡La vida es una serie de velays! No me hagas observaciones. Los que nunca hemos roto un plato, de repente... ¡cataplún! nos dejamos caer y rompemos una vajilla entera.

—Pues ya que hoy no tienes tren para volver a Madrid, y es la última noche que pasamos juntos —le dije— me entran ganas de leerte unos borrones que escribí... una especie de novela o de autobiografía... donde estudio aquello... ¿bien te acordarás? aquello tan raro... no sé si le llame amor... que tuve con la mujer de mi difunto tío Felipe. En el cuaderno sales a relucir a cada paso, y te servirá de remordimiento, porque escribí tus sanos consejos y tus doctrinas en esto de amoríos y bodas. ¿No te molestará el oírlo?

—Al contrario, me gustará mucho —afirmó mi amigo—. Haz que traigan una maquinilla de café y los ingredientes para confeccionarlo; pide para mí dos cajetillas de cigarros, porque me olvidé de comprar antes de venirme; di también que suban un par de botellitas de alemana; y... soy todo oídos, a ver ese engendro.

Saqué del cajón mis apuntes, en los cuales había encontrado delicioso entretenimiento, un baño de frescura, que me desimpresionaba del último período de mis aridísimos estudios. Portal me escuchó con atención, convertida luego en interés: protestando algunas veces por medio de un movimiento de cabeza, cuando le parecía menos exacta la narración; aprobando otras, y riendo a la evocación del recuerdo ya casi borrado; y solo me interrumpió repentinamente hacia el final, a tiempo que yo entraba de lleno en el relato de los últimos meses de la enfermedad de mi tío.

—¡Alto ahí! —dijo, arrojando el cigarro que chupaba.

—¿Qué se te ocurre? —preguntele.

—Hacerte una observación —respondió— para el caso de que algún día destinases esos borrones a la publicidad: tentación en que caerás ¡como si lo viese! porque ningún joven de nuestra época se conforma a archivar sus estudios (inspiraciones les llamaban antes). Si encajas eso por ahí... en periódico o revista... debes, en mi concepto, suprimir todos los capítulos donde pintas los progresos y los caracteres de la enfermedad de tu tío. Créeme: al público no le gustan esas descripciones brutalmente naturalistas, y cuanto más a lo vivo las dibujes, más antipáticas le serán. No obligues al que haya de leerte a oler un frasquito de sales, ni hagas que las señoras nerviosas cierren tu libro sin acabarlo.

—Ya conozco que el asunto no es de lo más ameno... No pienso dar esto a la prensa. Pero supón que me entrase la manía de lanzarlo a los famosos cuatro vientos de la publicidad: ¿no sería un contra sentido segregar cabalmente esos capítulos en que la figura de tití aparece, no ya sobre fondo de oro, sino sobre un rompimiento de gloria, como el de las Concepciones de Murillo? Es cierto que no ocurren en esa parte de mi narración sucesos variados y sorprendentes; ¿pero te parece poco semejante asistencia, hecha con abnegación tal? Dices que es repugnante. ¿Pues y la Biblia, cuando describe a Job rayéndose la podre con un casco de teja?

—¡Bah! ¡De la Biblia acá... no nos hemos vuelto poco delicados! Créeme, guarda para ti esos detalles clínicos, esa poesía farmacéutica, y pasa como sobre ascuas por encima del mal de tu tío. Conténtate con decir que se puso malito, y que se fue empeorando... hasta que estiró la pata.