En aquella ocasión, la escasez de guita se traducía en mí por gran decadencia en el ramo de indumentaria. Entre la batalla de todo el invierno y el estirón de la enfermedad, no había prenda que me sirviese. Lo noté al vestirme para la primer salida, y cuando mi tití me despidió en la puerta, encargándome que «volviese temprano por causa del frío», me abochorné de mis pantalones rabicortos y de mi capa vetusta. «Parezco un cesante», pensé con rabia.

Recuerdo que fue lo primerito de que hablamos Portal y yo mientras bajábamos, por las calles de Serrano y Lista hacia el paseo de la Castellana. Hacíamos rumbo al candelero de Colón, cuando dije a mi amigo:

—Chico, no hay cosa más cargante que no disponer de un céntimo. A veces me entran ganas de echarlo todo a rodar y marcharme a Buenos Aires. Con lo que sé me basta para ganarme la vida allí. Es una ridiculez andar como ando, con este tipo y este pergeño, y no poder irse en derechura al sastre: «Hágame usted un traje de mezclilla, que estamos en primavera.» Aquí me tienes reducido a un chupiturqui que parece la chaquetilla del pirata Barbarroja, y a esta capa indecente. No nos acerquemos a Recoletos, que encontraremos conocidos. El descubridor de las Américas nos manda volver atrás.

Así lo hicimos. Portal, echando a broma mis contrariedades, me preguntó:

—¿Y para cuándo son los sablazos a las mamás?

—¡Ya comprenderás que no deja de habérseme ocurrido! Por ahí acabaré..., pero me molesta. Mi madre hace demasiado; hace prodigios. No habrá otro remedio... Mal va a sentarla el petitorio, después de que mi tío la avisó de que le pasará la cuenta del médico.

—¿Eso hará?

—Eso. ¿Qué te creías tú? Y lo prefiero. Me avergonzaría que pagase él los gastos de mi enfermedad. Gracias a Dios, correrá con ellos mi madre. Mi tío está sufriendo en su carácter un cambio, para empeorar, por supuesto. Antes era únicamente antipático. Ahora se ha hecho aborrecible. El menor extraordinario le sobrexcita. Yo le atisbo y me froto las manos, porque veo que en mi tití se establece correlación de sentimientos, y que conforme él se vuelve más tacaño, más cominero y más duro, ella se retrae más, y la intimidad matrimonial se la lleva el diablo.

—Chacho —advirtió Portal deteniéndose, con el movimiento característico que ejecutamos cuando una conversación nos interesa—, en la historia de tus tíos noto que armas unos embrollos psicológicos tales, que no ocurriendo nada en ese matrimonio, al menos exteriormente, cuando hablas tú parece que existe un drama. Ni comprendo al marido ni al galán. Explícate.

—Verás —contesté, apoyándome en su brazo, porque aún me sentía un poco débil—. La situación me parece bien sencilla, aunque en ella, como en toda cuestión amorosa y matrimonial, hay siempre algo de inexplicable. Ni en amor ni en filosofía conseguirás nunca entender las substancias. Soy el primero a reconocer que es una anomalía mi entusiasmo por esa mujer, ni conquistable ni hermosa.