—Sí, hijo, anomalía, o manía, hablando pronto —afirmó el oportunista—. He visto poco de eso. Si vivieses recluido en algún seminario... ¡Corcho! entonces... El hombre reprimido está expuesto a cometer ene disparates por una escoba con faldas. Pero teniendo libertad y la suerte de haberle caído en gracia a una hembra tan principal como Belén... ¿No sabes? Coche, ¡tiene coche ya!... Tanto la calenté la cabeza que la mujer no ha sosegado hasta exprimir al bolsista. Lo sé porque ayer volvió a preguntarme por tu salud... La chica no te quiere enfermo.
—Déjame de Belenes —contesté—. ¿Nos sentamos en este banco? —añadí indicando uno entoldado por frondosa acacia.
—Corriente. Pero barremos la casa. Confiésate del todo. A ver si determino tu verdadero estado moral.
El sol, que picaba agradablemente, calentando mis piernas y mis pies y la parte de tronco que yo sacaba de la zona de sombra producida por el árbol, me infundía en las ideas claridad y optimismo, causándome a la vez cierta impresión que puede llamarse de irrealidad de las penas; benéfica operación mediante la cual el alma elimina el gas mortífero del dolor y respira el oxígeno de la esperanza, sin causa ni motivo, solo por la virtud reparadora que lleva consigo la existencia.
—También a mí —contesté— me han entrado ganas de hacer examen. Se me figura que vivo rodeado de fantasmas, y que esos fantasmas me los he forjado yo mismo. Se me ocurre si no habrá tal pasión, ni tal odio, ni nada. Chacho, ¿qué te parece?
Y al decirlo apoyé la mano en el hombro de Luis. Mi amigo, opuesto siempre a dar pábulo a la curiosidad de los transeúntes, y además muy poco demostrativo, al menos con los varones, se apartó, y dijo mirándome con un reposo lleno de inteligente sagacidad:
—Buena señal cuando conoces tu extravagancia. Capítulo primero. Hagamos historia. Mientras estabas malito, ¿te figuraste que la mujer de tu tío te manifestaba cariño, amor o qué sé yo qué?
—Tampoco entiendo lo que era. Ojalá fuese amor; pero pudo ser cariño, piedad, indulgencia.
—Y al cesar el peligro ¿cesaron las demostraciones?
—Sí, de repente. Hoy solo noto en ella... la simpatía involuntaria que siempre noté; una especie de atracción, que, comparada a la repulsión que la inspira su marido... ya es algo.