—¿Y él? ¿Él? Capítulo segundo e importantísimo. ¿Él se escama? ¿Hay celotipia?

—No. Casi no entró en mi cuarto.

—¿Y a qué atribuyes tú esa indiferencia?

—A dos cosas puede atribuirse: la primera a que mi tío no es tonto, y sabe de qué madera está hecha su mujer.

Portal, sin abrir la boca, dejó oír el sonido de una u repetida y prolongada.

—¿No lo crees? Segunda explicación. A mi tío su mujer no le importa. Nunca la quiso, y desde hará dos meses se ha despegado totalmente de ella.

—¿Por qué?

—Sospecho que por la boda de su padre, aquel señor de Aldao, que debe de estar ido, cuando hizo la melonada de casarse en secreto con una chicuela hija de un cabo de carabineros, que tendrá dieciséis o diecisiete años y la mayor cabeza de viento que se conoce en las cuatro provincias. A mi tío se le atravesó la boda; empezó por armar escándalo con su mujer, lo mismo que si ella fuese responsable de las chocheces del papá; y desde ese día casi no la ha vuelto a dirigir la palabra. Se está fuera todo el tiempo que puede, y escatima hasta un ochavo. Nunca fue espléndido; pero ahora sufre una crisis de avaricia. De rechazo, no por celos ¡quia!, tiembla que yo le sea gravoso. Uno de los motivos por que no quiero hablarle del mal estado de mi guardarropa, es porque le creo capaz de ofrecerme prendas suyas de desecho. Te digo que está el hombre medio lunático; se figura que el señor de Aldao tendrá sucesión, y que la tití quedará desheredada, y anda caviloso; ninguna conversación le distrae; cuando la gente le pregunta qué le duele, responde que no sabe, que es un poco de murria... Solo el verle da hipocondría.

Portal reflexionó algunos instantes, y clavando en mí las pupilas, intensas y escrutadoras, repitió:

—¿Estás seguro de que ese hombre no tiene celos?