—No —repliqué con energía—. Siento, conozco que no los tiene. Aunque me lo jurasen frailes descalzos. No tiene celos.
—¡Cosa más rara! —murmuró mi amigo, sacudiendo la cabeza meditabundo—. Porque no puedo convencerme de que sea únicamente cuestión de la boda del suegro... Eso le pondría furioso unos días; pero las murrias no penden de la boda. Si no hay celos, otros disgustos habrá. Un paisano mío me dijo anteayer que en Pontevedra andan muy mal las cosas, que el Santo del Naranjal le da de codo a don Felipe y protege a su gran enemigo Dochán, el que le hizo tanta guerra para que no le pusiesen en casa la oficina de Correos... En algo de esto consistirá; aunque, realmente, son motivos fútiles para tanto abatimiento. No lo entiendo. Nadie me quita de la cabeza que ahí hay busilis. Los celos sí que lo explicarían perfectamente; pero tú dices —insistió el muy porfiado— que celos no.
—Celos no. ¡Si lo sabré! ¡Ojalá los tuviese, y fundados!
—Oraciones de tontos no llegan al cielo. Y después de todo —añadió Portal rascándose una oreja—, ¿de dónde sacas que no existe fundamento para celarse? ¿No me has repetido cien veces que ella le mira con repugnancia? Si tú lo notas, ¿no había de notarlo él? ¿Y no dices que ella te hizo muchas carantoñas mientras estabas enfermo? Pues auto en mi favor. Si él percibe algo, y al mismo tiempo nota que no le cae en gracia a su señora... blanco y migado...
—¡Te digo que no es eso! —repliqué impaciente—. Te digo que si fuese así, no me cabría a mí el gozo en el cuerpo, ni necesitaría tomar el sol para reanimarme. ¡Ay, ojalá! Pero naíta. Mi dicha ya sabes que carece de elementos positivos, y se funda en el negativo de sorprender en ella, no solo la repugnancia misteriosa de antes, sino de algún tiempo acá, otro sentimiento más declarado y más activo. Sí; por mucho que se reprime y trata de no caer en lo que le parece una maldad muy grande, no lo logra, y el sentimiento renace más fuerte que su voluntad. ¿No sabes que yo la estudio constantemente?
—Ya lo sé... ¡Así estudiases las asignaturas! ¿Y qué más averiguas?
—Que antes era solo repulsión, y ahora es aborrecimiento... No lo dudes, no. Mi felicidad no tiene otra base. Vivo de que le aborrezca. ¿Comprendes lo que en una criatura así significa el odio? ¡Ella, que es toda simpatía y caridad! Pues le odia. Yo la diseco: nada de cuanto hace puede escapárseme. Noto que por las mañanas, cuando vuelve de misa o del confesionario, se vence, le habla con dulzura, hasta con afecto, y no le mira, por no dejar asomar a sus ojos la luz de aquello que pretende encubrir a toda costa... Pero a medida que pasan horas, su vehemencia y espontaneidad vuelven a sobreponerse, y ¡créelo!, si la voluntad fuese un veneno... mi tío estaría muerto ya.
—¡Me asombras! ¿Y de qué nace ese odio?
—Ya te lo he dicho: en mi concepto, del actual modo de ser de él, y de que la antipatía enconada puede convertirse así, de pronto, en saña invencible. Yo no soy persona que haya sentido jamás impulsos de atentar a la vida de nadie; pero a mi tío, créeme que de algún tiempo a esta parte le hubiese escabechado de muy buena gana.
El oportunista pegó un brinco sobre el banco de piedra, y se puso a mirarme lo mismo que se mira a los locos, y a persignarse deprisa.