—¡Hijo... hijo... hijo...! ¡Esta es la cierta! ¡Rematado, rematado! No es un decir: te encuentro desequilibrado completamente; por Dios, sin tardanza, duchas, bromuro, régimen tónico...
—Déjame a mí. Cada loco con su tema —respondí sonriente—. Mi gloria consiste en una quimera, ya lo sé, y quimera extravagante... ¿Qué mal hago? A mí me basta, y a los demás no les importa. Estoy satisfecho con cierto paralelismo de sentimientos entre la mujer querida y yo. Si a mí me inspira repugnancia una persona, repugnancia le inspira a ella; lo que odio, ella lo odia: podrá no quererme a mí, pero nadie quita que sus afectos van al compás de los míos. Tú dices que mi tía es una mujer de otros tiempos, y que el espíritu cristiano y la religiosidad profunda que dictan sus acciones la hacen incompatible conmigo, que soy racionalista. Pues mira: podremos entender de diferente modo, pero sentimos igual. No lo dudes. A cualquier camueso que no conciba estas honduras y delicadezas, se le figurará que mi tío, el marido, su dueño, es el obstáculo que hay entre nosotros... ¡Memo quien tal crea! Mi tío es el lazo que nos une. No pienses que yo le quiero mal porque esté casado con ella. ¡Qué disparate! Ya sabes que mi tío me es antipático desde hace ene años... desde que nací; y que ahora mi repulsión se ha convertido en aversión... porque ella le detesta también. No hay más.
Mi amigo no contestó al pronto. Después exclamó, mirándome compadecido:
—Vámonos a casa. Tienes calentura.
—No creas que estoy trastornado.
—¡Si no digo trastornado! Pero tienes fiebre. Echas chispas por los ojos. Vas a recaer. ¡Precaución! Embózate... y a casita.
Cuando ya habíamos pasado más allá del monumento colombiano, Portal me dijo en el tono con que se da una mala noticia.
—¿No sabes quién está, en mi concepto, cien veces más malo que estuviste tú? ¿Pero sentenciadito?
—¿Quién?
—El empollón de Dolfos.