—Ayer me presentaron en casa de los padres —respondió mi amigo—. Otro día te contaré... o, mejor dicho, te llevaré allá. ¡Verás qué gente!

III

Escribí a mamá una carta de estudiante legítima, que partía los corazones a fuerza de exagerar mi situación y el estado de mi guardarropa.

«La capa imposible. He preguntado a un sastruco de mala muerte lo que costaría su arreglo, y dice que veinticinco pesetas poniéndole buenos embozos, y veinte si se los pone inferiores. Como la pobre está tan tronitis, creo que son de esta última clase los que se le deben echar. Mi sombrero, más indecente todavía que la capa; por donde tiene pelo, que no es por todas partes ni mucho menos, lo tiene verde, casi color de esmeralda, y por donde no lo tiene, está cubierto de un barniz tornasolado de grasa, o de goma, o no se de qué, que revuelve el estómago mirarlo. Ítem. Mis pantalones mejores amenazan romperse. Los peores ya se rompieron, y además todos ellos me sirven para los brazos mejor que para las piernas. Por hoy basta de calamidades, pero conste que necesito ropa sin remedio.»

Toda madre atiende a estas demandas si la queda un solo céntimo disponible. Mamá me giró dinero para vestirme, aunque al mismo tiempo me encargaba la mayor parsimonia, quejándose amargamente, por variar, de mi tío. Es cierto que el residir yo en su casa le ahorraba a ella parte de gastos de hospedaje; pero en cambio los de médico, que no habían sido flojos, los de botica, y todos los demás, de cualquier género que fuesen, recaían sobre la pobre señora, agobiándola precisamente aquel año, cuando las rentas habían descendido la mitad con la emigración y la baratura de los trigos de fuera.

Entre estas lástimas del orden económico andaban mezcladas otras que pertenecían a la esfera del sentimiento. Mi madre lamentaba que le hubiesen ocultado la gravedad de mi mal, porque, eso sí, para venir a verme en momentos tales, no le faltaría a ella dinero nunca. Añadía —con aquella graciosa manera suya de confundir y barajar las cosas más incoherentes— calurosas protestas contra el doctorcillo Saúco, un chico de nuestro país, «tan gallego como nosotros», que al año de estar en Madrid buscándose la vida, ya se creía con derecho a cobrar duro por visita, lo cual era todo un escándalo. «El médico de Cebre, que lleva tanto tiempo de práctica, me asiste por seis ferrados de trigo anuales.» ¡Cuarenta y pico de duros en médico! Este dato lo tenía mi madre clavado en el corazón, y, en su concepto, el hecho de ser gallego el doctor Saúco hacía más escandalosa la exorbitancia de sus honorarios. Las cuentas de botica que le había enviado mi tío, la horrorizaban también. Los medicamentos a la fuerza debían de estar amasados con oro. En fin, el asunto es que yo hubiese salido adelante, y estuviese ya bueno y guapo y con barba corrida...

Para mí, el asunto es que tenía ropa aceptable, y con ella podía presentarme ante la gente, de un modo adecuado a los ensanches y prolongaciones de mi cuerpo y a la eflorescencia de mi barba. En cuanto me puse de nuevo de pies a cabeza, estrenando un traje de entretiempo, barato, pero de agradable color y mediano corte, pareciome que recobraba la verdadera salud. Hasta entonces no había cesado mi dolencia; aún pesaba sobre mí, en forma de vestimenta menguada y pobre. Al salir a la calle llevaba, retozándome dentro, un regocijo bullicioso y pueril, más propio de algún chicuelo que de hombre hecho y derecho y barbado. ¡Tanto influye en nuestro espíritu la cáscara del ropaje, indispensable requisito o pasaporte que nos exige la sociedad!

Disipado aquel sentimiento de vaga nostalgia que noté en los primeros instantes de mi convalecencia, entrome una especie de hervor de vitalidad, de ansia de movimiento, que se tradujo en hacer visitas a todos mis conocidos, adquirir relaciones nuevas, salir, hablar... todo menos la necesaria y desesperante aplicación al estudio. Los libros me inspiraban tedio, un tedio que quería ocultarme a mí mismo, por vergüenza, pero que era real y efectivo; mi cabeza estaba como oxidada, y los goznes de mi entendimiento y de mi memoria se resistían a funcionar. La primera vez que comprobé este fenómeno, me causó una especie de terror. «¡No puedo, no puedo! ¡Ay, Dios mío, qué va a ser de mí este año!» Dos o tres veces realicé el esfuerzo penoso que consiste en poner en tensión la voluntad para obligar a la inteligencia a concentrarse y funcionar metódicamente, sin irse por esos cerros o entregarse a una inercia dormilona. La pícara no quería obedecer. Y, en cambio, el cuerpo, antojadizo y rebosando lozanía, resistíase a la sujeción y a la encerrona. Mi deseo mayor era flanear, callejear, tomar el sol, detenerme aquí y allí sin objeto, pasear solamente por el gusto de sentir que mis músculos y mis tendones poseían elasticidad y vigor propios de gimnasta. Como suele suceder en los años en que la corriente vital asciende aún, después de mi enfermedad encontrábame más animoso que antes, y la subida de la savia primaveral, combinada con la impetuosa salud, me espoleaba causándome una ebullición interna, volcánica, semidolorosa.

Mi primer visita fue a la calle del Clavel, a la casa de huéspedes de doña Jesusa. La encontré como siempre, ordenada, pacífica, limpia en lo que cabe, con su jilguero cantarín en el mismo rincón del pasillo; y a sus inquilinos idénticos, siguiendo cada uno la pendiente de su carácter. A Trinito me lo hallé tumbado a la bartola, y al pobre Dolfos estudiando con furia. El cubano, en aquellos últimos tiempos de la carrera, no necesitaba más que dar un repaso; su memorión le sacaba de apuros. En cambio Dolfos, cuyas facultades de comprensión y asimilación disminuían con la progresiva debilidad del cuerpo y la anemia cerebral, se pasaba el día, y acaso la noche, encorvado sobre el libro mortífero. ¡Cómo estaba el infeliz aquel! Cuando se levantó para abrazarme, tuve ese movimiento involuntario de retroceso que realizamos ante la muerte pintada en un rostro. El asiduo era un espectro. En su faz amarilla, ni aun brillaban sus ojos atónicos y apagados. Lo que se veía mucho, por lo descarnado de las mejillas, eran los dientes oscuros en las encías pálidas y flácidas. Sus orejas se despegaban del cráneo de un modo aterrador, como si fuesen a caerse al suelo. Sentí su mano viscosa entre las mías, y noté en ella juntos el ardor de la calentura y el sudor de la agonía próxima. Su aliento era ya la descomposición de un estómago que no tiene jugos digestivos. Le dije las tonterías y vulgaridades de cajón.

—Cuidarse... Me parece que aras demasiado... No conviene exagerar... El número uno ante todo... Prudencia, prudencia. ¿Por qué no sales y tomas aires de campo? ¡Te encuentro algo flacucho!...