Y el maniático con una sonrisa casi suplicante, que pedía excusas, respondiome:
—Ya ves, ahora, para lo que falta... Pocas son las malas fadas, como dices tú; hasta junio solamente... En examinándome y saliendo con bien... ¡plam! a casa, junto a la viejuca... Va a chochear de contenta... va a ponerse a bailar, aunque no puede menearse de su butaquita. ¡Y yo! —Interrupción a cada palabra por una tos que parecía salir de una olla rota—. Yo... mira, yo... para ser franco... contentísimo también. Porque chico, la aciertas... es demasiada sujeción, y lo que es este verano... te aseguro que he de correr liebres y que he de beber mosto. No; si ya hasta se me ocurre que este género de vida... me perjudicará... a la salud. La comida no me aprovecha y tengo una poquita... ¡ay!... nada más que una poquita... de expectoración. Pero no vale la pena; conozco el remedio. En llegando a Zamora...
—Pues mira —insté—, lo que convenga... hacerlo pronto. Esas cosas que atañen a la salud, en tiempo... porque si no... ¿quién sabe a lo que te expones? Ea, hoy sales a dar una vuelta conmigo...
El asiduo se alarmó como si le propusiese cometer algún crimen.
—¿Una vuelta? Estás loco. ¡Tú no te fijas en lo que tengo que hacer! Esos condenados puertos y señales marítimas y esa... indecente... legislación de obras públicas... ¡ya ves que no es lo más difícil...! pues no acaban de entrarme. A veces se me figura que mi cabeza es una espumadera: echo en ella párrafos y más párrafos... Al minuto no queda ni gota. ¡Ay! ¡Si yo pudiese apretar, apretar los sesos! No creas; un día hasta me até un pañuelo por las sienes... Lo que se me ha quitado ahora son las jaquecas que padecía al principio. Del mal el menos. Siquiera no tengo que acostarme y quedarme a oscuras. Únicamente... la cuestión del estómago... Pero en yendo este año a unas aguas minerales... ya me dijo Saúco que me pondría como nuevo. Lo que tengo es nervioso, puramente nervioso... Ganas de acabar.
Dejele con sus consoladoras esperanzas y su obstinación honrada y absurda, para enterarme de cómo andaba el bueno de Trini. ¡Ah! De monises, rematadamente mal: ni un cuarto para hacer bailar a un ciego. Pero en cambio, de gloria... ¡ssss! Trinito, que para todo poseía la misma facilidad desastrosa, se había aprendido la jerga o caló de la crítica gacetillera, fusilando sin escrúpulo frases y hasta conceptos enteritos de escritores conocidos y celebrados; y sin omitir ni las frialdades jocosas que el género impone, ni unas cuantas citas trastrocadas y de cuarta mano, ponía él de oro y azul a los más pintados maestros y compositores del mundo; pues por ahora su especialidad era la crítica musical, aunque alimentaba siniestros propósitos de correrse a la artística, a la dramática y a la literaria, si a mano venía. Como al ramo de crítica musical se dedican pocos autores, y no deja de hacer bien en un diario, aunque son contados los lectores que se enteran, Trinito había logrado en poco tiempo que «le abriese sus columnas» cierto periódico muy autorizado y popular; y a cada acontecimiento musical que sobrevenía, les endilgaba a los suscriptores dos columnas y media de aquellas que le habían abierto. Cobrar no cobraba por su prosa un céntimo partido por la mitad; pero sus escarceos críticos le valían entrada gratis en teatros y conciertos, relación con cantantes, etcétera; y esperaba él que más adelante, cuando «se diese a conocer», le reportarían ventajas mayores. Portal estaba muy gracioso describiendo los artículos de Trini.
—El tupé más colosal del siglo. Lo mismo habla de Mozart y de Beethoven, que si desde chiquito les hubiese tratado tú por tú. A Arrigo Boito le adivina las intenciones, y Saint-Saëns que no se descuide ni se caiga, que no habrá perdón para él. Da gusto verle encararse con Ambrosio Thomas preguntándole si cree que por ese camino se va a alguna parte, y tirarse como un gato a los ojos de Wagner cuando incurre en monotonía. Te aseguro que es divino el muchacho. ¿Pues con los cantantes? A la pobre de la Sgarbi me la puso de vuelta y media porque dice que no entró a tiempo en no sé qué cavatina. Estaba con la Sgarbi, por lo del retraso, como si la infeliz mujer le debiese dinero o le hubiese dado calabazas. Tú ya sabes lo patoso, lo manso que es a diario Trinito... Pues escribiendo parece un dragón. Se come a la gente.
También visité la casa de Pepa Urrutia, mi antigua patrona vizcaína, por el interés que me inspiraba siempre el desastrado Botello. Me llevé chasco. Botello había desaparecido, tragado quizás por la oscura boca de la miseria o lanzado a desconocidas regiones por la dura mano de la necesidad. La casa de la Pepa rebosaba de alumnos de Arquitectura y Minas, con algunos huéspedes de paso; y el puesto de don Julián, aquel valenciano trápala que en otros tiempos llevaba la batuta, ocupábalo (según pude inferir de algunas indiscreciones de los comensales, entre los cuales había uno bastante conocido mío, Mauricio Parra), el señor de Téllez de los Roeles de Porcuna, noble sin dinero, hombre ya entrado en años, de majestuosa presencia, pero más tronado que Botello mismo, si estar más tronado cupiese.
Venía este tal a Madrid a asuntos graves e importantísimos, pues se trataba nada menos que de un pleito de tenuta sostenido contra la casa más ilustre quizá de nuestra nobleza, a fin de recobrar unos mayorazgos que le detentaban muy contra razón y fuero. Todos los días, en la mesa redonda, refería el buen señor Téllez de los Roeles las causas, orígenes, bases, razones y fundamentos de su derecho inconcuso a los dos mayorazgos de Solera de Hijosa y Mohadín, que sin justicia retenía la casa ducal de Puenteancha, citando el privilegio rodado concedido a su ascendiente el maestre de Alcántara, en virtud del cual su línea, adornada con el don de la masculinidad, era incuestionablemente la llamada a suceder. Vi al señor Téllez cuando me lo presentó sin ceremonia Mauricio Parra, y no pude menos de admirar el evidente corte aristocrático de su figura, que era prolongada, bien barbada como la de los apóstoles de los Museos, de ancha frente, que coronaban con dignidad mechones grises; la estatura aventajada, finas las manos, y toda la persona revestida de un carácter de autoridad, resignación y tristeza casi mística que imponía consideración y respeto. La misma pobreza de su ropa, raída y esmeradamente cepillada, le hacía simpático; el modo de caerle el abrigo era elegante, y su aspecto nunca delataba incuria, desaseo o sordidez. Yo, mirando al señor Téllez, juzgaba maliciosos y desvergonzados a los muchachos estudiantes que suponían a aquella persona tan decente extralegales influencias sobre Pepa Urrutia. ¿Era capaz de ejercitarlas? ¿No sería más bien que el corazón de la patrona, blando y caritativo de suyo, se había derretido aún más viendo al pariente de los duques de Puenteancha, sucesor en el marquesado de Mohadín de los Infantes y acaso en una o dos grandezas, reducido a la mayor estrechez? Lo cierto es que Pepita profesaba al señor de Téllez inexplicable veneración; que todo le parecía poco para su regalo; que se cree fundadamente que no le presentaba la cuenta nunca, y que se interesaba hasta el delirio por el éxito de las pretensiones del Marqués de Mohadín..., in partibus infidelium.
Hízome gran impresión aquel tipo original, con quien más adelante hube de trabar relaciones que en nada interesan al curso y desarrollo de la presente historia. La del respetable litigante la contaría yo de muy buena gana, si tuviese aptitudes de narrador; pero ella es tan peregrina, que no quedará en el olvido; se impondrá a la atención de los que pasan su vida escudriñando los repliegues del corazón ajeno, acaso para distraer nostalgias del propio.