Cierro la lista de las distracciones que encontré en la convalecencia, y con las cuales creí engañar el tiránico afecto enseñoreado de mi alma, diciendo que penetré en dos círculos sociales muy distintos: en casa de una señora que daba reuniones, y en la de un importante personaje político, jefe de partido, escritor y sabio, a quien me presentó Mauricio Parra, que era de sus prosélitos fervientes.

Yo también comulgaba, y no con menos devoción en la creencia de Mauricio; yo me contaba entre los devotos de aquel insigne repúblico, a quien llamaré Don Alejo Nevada, y le reconocía por jefe cuando mis fiebres amorosas dejaban lugar a las políticas.

Creía además, o mejor dicho, deseaba que el entusiasmo político borrase mis preocupaciones de otra índole, pues me encontraba en un momento de esos en que con sinceridad nos proponemos combatir nuestra locura, aplicando todos los derivativos que conoce la ciencia. Mi entusiasmo por Nevada me infundía esperanzas de que su vista y trato refrigerante serenasen mi cabeza, trayéndome a aquel camino de las líneas rectas en mal hora abandonado, al cual la severa figura del que yo interiormente llamaba mi jefe debía ayudarme a volver.

No pisé su casa sin religiosa emoción de neófito. He notado que cuando nos acercamos a los personajes célebres, de quienes se habla en todas partes y a quienes se juzga con criterio muy distinto y contradictorio, a veces con la más salvaje grosería y la maledicencia más inconsiderada y ponzoñosa; a quienes un día tras otro la caricatura, las sátiras de los periodiquines y los sueltos aviesos y ladradores de la sección política exponen en la picota a pública vergüenza; he notado, digo, que cuando nos llegamos a estos personajes, parece que la injuria, la calumnia, el humo y el polvo mismo de la batalla les han puesto aureola, y lejos de movernos a irreverencia todo lo que hemos oído y leído, redobla nuestro acatamiento. Entré poseído de ese respeto involuntario —que muchos considerándolo ridículo, encubren bajo una franqueza chabacana y de mal gusto— en la residencia de Don Alejo Nevada.

La casa no tenía sin embargo, nada de imponente, como no fuese su propia austera sencillez y la voluntaria abstención del lujo barato moderno, deslumbrador para los incautos. El edificio era antiguo, desahogado y alto de techos: pasado el recibimiento, descansábamos en una pieza que adornaba vasta anaquelería abarrotada de libros. Allí esperábamos y allí se leían periódicos o se discutía a media voz, mientras llegaba el turno de ser introducido en el despacho contiguo y saludar al grande hombre.

Cuando me tocó la vez, entré aturdido y ciego, enredándome en los muebles y tropezando con las sillas. Al dar la mano a Nevada humedecía mi diestra ligero trasudor, y el corazón me latía fuerte. No supe decir más que frases balbucientes y torpes. Tuve conciencia de mi falta de aplomo, y la fría amabilidad con que Nevada me sentó a su lado y me dirigió preguntas, acabó de aturrullarme. Sin embargo, poco a poco fue normalizándose mi circulación y disipándose la niebla que hasta entonces me oscurecía los rasgos de Nevada: vi claramente su faz de rey mago, que parecía desprendida de algún tríptico medieval, su barba de nieve, sus ojos tranquilos, dormidos tras los espejuelos, sus mejillas rosadas como de figura de porcelana, el dibujo anguloso de sus facciones, la calma de sus movimientos. Aquella impasibilidad sin mezcla de arrogancia alguna, aquella llaneza y tibieza de la expresión, aquella palabra glacial, que servía de verbo a una política abstracta, profética y pacienzuda, me parecieron entonces el colmo de la sabiduría. Nada más distinto de como solemos representarnos a un agitador y a un radical que aquel viejo apacible, semejante a las figuritas de cerámica que retratan la ancianidad en el arte de los pueblos de Oriente. Nevada, con su trato afable y mate y su yerta conversación, encarnaba a maravilla las líneas rectas que debían predominar en mi cerebro.

Así que recobré ánimo, aprecié también el aspecto del despacho, y todos y cada uno de sus detalles contribuyeron a afianzar en mi espíritu la consideración. Tanta modestia y seriedad me cautivaron. El sillón que mi jefe ocupaba, de cuero negro con grandes y doradas tachuelas; la ancha mesa; la anaquelería cargada de libros y subiendo hasta el techo, lo mismo que la de la antecámara; los estantes, que en vez de ricos chirimbolos, lucían reproducciones en yeso, lo más barato y modesto que en arte cabe poseer; las anchas fotografías y grabados, único adorno de las paredes, todo revelaba la misma formalidad, la misma carencia de pretensiones, y el mismo propósito de huir de la vulgaridad por medio de la sobriedad espartana; e indicaban aficiones científicas los instrumentos de observación, colocados en otras rinconeras, los termómetros y giróscopos de Benot o Echegaray, un microscopio, una hermosa caja de compases.

La conversación del repúblico era como su nido: apagada, sorda, sin brillo alguno, aunque en ocasiones importante y firme, y en otras profunda. Sus palabras, pronunciadas por una voz sin inflexiones, una voz gris, y en estilo castizo, se me grababan en el cerebro cual si las inscribiese acerado punzón. Cuando ya dejé desbordar algo mi entusiasmo, revelándolo en dos o tres frases, no se estremeció músculo ni fibra de aquella fisonomía; los ojos no brillaron, los espejuelos sí; no observé en el semblante ni la dilatación de la vanidad, ni la inconsciente efusión de la simpatía que responde a la simpatía; solo contestó a mis protestas un «vamos, vamos» inerte. La apacibilidad de Nevada me impulsó a extremar mis vehemencias, empeñándome en arrancar del trozo de sílex la chispa; recuerdo que le dije que estaba decidido a todo, y que me considerase como recluta disponible. El jefe me preguntó entonces mi nombre y señas, y lo apuntó cuidadosamente, con bien sentado pulso, en un libro. Supe después que también llevaba, en papeletas, como un catálogo de biblioteca, el índice de todos los comités del partido en España, y me pareció que semejante idea de catálogo, de clasificación y de método, introducida en el hervor de una comunicación joven y entusiasta, pintaba al hombre.

Salía yo a tiempo que entraba un fuerte sostén del partido, prócer de tan alta alcurnia como pingüe hacienda, tipo bien diferente y a un opuesto al de Nevada, cabeza de enérgico diseño, meridional, respirando pasión, modelada con rasgos hondos y valientes curvas, como en lava del Vesubio. El contraste entre aquellos dos personajes políticos hacía sorprendente su estrecha unión y amistad. A pesar de la presencia del prócer, Nevada al despedirme, me acompañó hasta la puerta.

Seguí yendo los domingos por la mañana a casa de mi jefe, aficionándome a la tertulia de la antesala, donde se ventilaban problemas de actualidad, y la conversación, al par que de miasmas políticos, se cargaba alguna que otra vez de efluvios intelectuales, sobre todo si Mauricio Parra alternaba en ella. Traté de presentar allí a Luis Portal; pero el orensano no quiso, porque, según decía: «en esa ermita no entran más que los devotos, y ya sabes que yo... nequaquam».