Nuestras polémicas en la antesala eran a media voz. Generalmente leíamos la prensa, que se amontonaba en grandes cascadas sobre la mesa central. Los personajes que descollaban en la reunión eran un síndico de vinateros, hombre acomodado y de influencia, que solía ejercer altos cargos municipales; cierto tipógrafo socialista, de quien a veces, en nuestra zozobra de noveles conspiradores, sospechábamos que fuese agente provocador e hiciese bajo cuerda la política de Cánovas; un cura zorrillista que no formaba opinión sobre cosa alguna divina ni humana mientras no consultaba a don Manuel y este resolvía la consulta —y el elemento estudiantil, no escaso ni pacífico. Tanto que muchas veces, en ocasión de entrar el prócer o algún personaje de alto fuste, y cuando oíamos el rumor alternado del diálogo en el despacho vecino, nos entraba ansia de esa atmósfera de disputa que ha sido por largo tiempo ambiente propio de la política española; y vencidos de nuestro antojo apelábamos al recurso de irnos a otro piso de la misma casa, la redacción de un periódico masónico, donde veían la luz actas del Gran Oriente mantuano, el legítimo, el ajustado al rito antiguo escocés. Allí podíamos subir el diapasón y despacharnos a nuestro gusto. Mauricio Parra llevaba la batuta. Aquel muchacho, dotado de inteligencia no inferior a la de mi amigo Luis, era su polo opuesto, en el sentido de que tenía temperamento batallador, carácter acerbo y díscolo, poquísima transigencia, decidida afición a contradecir, y bajo estas espinas y abrojos, un gran fondo de ternura y tal vez un candor de que no adolece el sagaz Portal. La vida, con su roce y su desgaste, no había conseguido limar los ángulos del carácter de Mauricio, ni atenuar la crudeza de sus opiniones, generalmente paradójicas. Para muestra de esas trasladaré lo que decía de mi carrera y del espíritu que en ella domina.
—Déjeme usted —exclamaba encolerizado Mauricio—. Su carrera de ustedes, tal como aquí se entiende, es una carrera, ya que no de obstáculos, de disparates. Estudian ustedes, no cabe duda, diez veces más que los ingenieros franceses y belgas; pero estudian cosas que maldita la falta para el ejercicio de la profesión. Aquí sacamos de quicio todas las carreras por querer elevarlas a sus elementos más sublimes, prescindiendo de los meramente útiles; y luego resulta que nuestros ingenieros hacen dramas, hacen leyes, hacen política, lo hacen todo menos ferrocarriles, puentes y montaje de fábricas. ¿Quieren ustedes saber cuál es para mí el ideal del ingeniero? El hombre que dirige a conciencia la construcción de un ferrocarril, y el día de la inauguración recibe de frac a las comisiones y al Rey, y en seguida, cuando se trata de que el Rey recorre la línea, se quita el frac, se planta su blusa, trepa a la locomotora, y actuando de maquinista, lleva el tren al final del trayecto. ¡No se subiría el hijo de mi padre a un tren dirigido por Echegaray o Sagasta! Esa gimnasia feroz de matemáticas, ¿me quieren ustedes decir para qué sirve? En Francia un ingeniero no estudia la teoría de su profesión sino tres años, y luego pasa a centralier, y blusa al canto, ¡y práctica, y práctica, y más práctica! Mientras que aquí, sabrán ustedes mucho de buñolería científica... pero no saben hacer lo que hace un maestro de obras: ¡una tapia!
—¡Hombre! —le contestaba alguno escandalizado—. ¡No tanto, por Dios!
—¡Ni una tapia! Me ratifico. Son ustedes, a estas alturas, lo que fueron los médicos allá en el siglo XVIII: una gente atestada de fórmulas, y sin el menor sentido de la realidad. Entonces los médicos se habían plantado en Aristóteles: ustedes hoy están en Euclides. Mucho fárrago de teorías y de proposiciones, muchos conocimientos abstractos, y nada de anatomía ni de clínica profesional. Para lo más sencillo se ven ustedes atarugados. Se le pide a uno de ustedes un modelo de puente, verbigracia, y se toma un trabajo loco, se gasta cinco meses, lo calcula todo muy bien, resistencias, distancias, coeficientes de flexión... para que luego les digan a ustedes en el Creusot: «Pues sí, señor, todo eso es óptimo, y muy meritorio y muy laudable, están ustedes muy fuertes en el cálculo...; pero han perdido el tiempo lastimosamente, porque aquí tenemos modelitos de puentes hechos ya, cuyo resultado se conoce por experiencia, y con pedir el modelo núm. 2, o el núm. 3, salían ustedes del apuro sin tanto descornarse.»
—¡Pero eso —exclamaba yo indignado— es hacer de nosotros punto menos que artesanos! Suprímanos usted, y que nos reemplacen los sobrestantes de caminos.
—Pues eríjame la profesión en sacerdocio, y deje los puentes en el aire o abra túneles que luego resulten anteojos de teatro —respondiome el furioso paradojista—. ¿Ha visto usted que los Edison ni los Eiffel salgan de ninguna Escuela especial? ¿No sabe usted que Eiffel dice a quien lo quiere oír que il se fiche de las matemáticas? ¿Le parece a usted que es sano y bueno, en una cosa de carácter eminentemente práctico, mandar la práctica al rábano, como hacen ustedes? Y además, ¿no es doloroso ver reducir a tal estado a los alumnos, que en esos años de la carrera, lo más florido y plástico de la vida, no les quede ni tiempo ni cabeza para adquirir otra clase de conocimientos sino los puramente técnicos? Da grima ver a los chicos pasar su juventud sin obtener ni ese barniz tan necesario hoy, que se llama cultura general, y que es como la camisa limpia del entendimiento. Salen ustedes de ahí aplatanados, atrofiados del cerebro, con los sesos rellenos de guarismo. Usted y Portal son de lo más lucidito de la Escuela no en la carrera tal vez, sino en cuanto a que han procurado ustedes, a salto de mata, apoderarse de algunas ideas, leer algo más que el libro de texto. Conservan ustedes cierta savia intelectual, que sería mucho mayor si no estuviesen sometidos a ese régimen depresivo. Su amigo Luis es un cabezón; de allí podría salir un grande hombre de estado, un economista... ¡yo qué sé! Y usted que tiene tanta sensibilidad, tanta fantasía... ¿por qué no había de ser artista, o escritor, o...?
—Pues si no quiere que Echegaray haga dramas —objeté—, ¿cómo me aconseja a mí que en vez de mis asignaturas cultive las letras?
No era Mauricio de los que se dejan coger en un renuncio. Se evadía con sofística habilidad. Nosotros atribuíamos su gran inquina contra la Escuela, a que en tiempos tuvo que salir de ella por la puerta de los carros.
IV
La señora que daba reuniones vivía en el primero de la casa de mis tíos. Era viuda de un Subsecretario, y allá en sus mocedades hubo de presumir de elegantona; hoy tenía el pelo blanco, las formas exuberantes, corva la nariz, el continente entre severo y meloso, y todas las pretensiones cifradas en sus dos pares de niñas, muchachas del género insulso, nerviosas y linfáticas, de estas cuya inutilidad e intolerable sosera son fruto combinado de la vida anodina, la deficiencia de instrucción, la estrechez de miras y la frivolidad. «De la cabecita de esas cuatro no se saca para hacer un frito de sesos», afirmaba Luis. Las señoritas del primero eran prueba viviente de que andaba acertado mi amigo al insistir en la necesidad de crear una mujer nueva, distinta del tipo general mesocrático. ¿Quién podría sufrir la vida común con semejantes maniquíes?