Pasábanse todo el día de Dios en la ventana, ya entre cristales, ya con el cuerpo fuera. Cuando no estaban así, en postura de loritos, martirizaban el piano, revolvían figurines, charlaban de modas, leían revistas de salones para husmear las bodas y los equipos de la gente encopetada, criticaban a sus amigas, fisgoneaban quién entraba en casa de los vecinos, se miraban al espejo o daban vueltas a sus sombrerillos y trajes. A falta de otro género de conocimientos, su madre les inculcaba ideas de nimia corrección social, explicándoles día y noche lo que era bien visto y mal visto, lo que podían hacer y lo que no podían hacer unas señoritas; y a aquellas criaturas, capaces de establecer comunicación telegráfica con el primer mequetrefe que pasase por la acera fronteriza, les parecía tan imposible ir solas hasta la esquina de la calle, como en ferrocarril a la luna. A falta de su madre —que padecía un principio de estrechez valvular, y no podía andar mucho a pie—, las acompañaba una criada zafia y descaradilla, y con tan excelente rodrigón, ya se atrevían las muchachas a salir a compras, a misa, a casa de las amigas de confianza, mientras todas cuatro, juntas, pero sin la maritornes, no se hubieran determinado ni a tomar un carrete de hilo en la tienda de enfrente.
La noción fundamental de la moral inspirada a las niñas de Barrientos era la inseparabilidad. La madre se desvivía para meter en la cabeza a sus cuatro retoños que el toque de la fraternidad estribaba, no solo en vestir tan idéntico que si una de las hermanas compraba, verbigracia, un alfiler de cabeza de gallo, las demás revolviesen todas las tiendas de Madrid buscando otros tres gallos igualitos, sino en pasear y hasta creo que estornudar a las mismas horas y del mismo modo. Cuando a una la dolía la cabeza, las otras tres suprimían la salida; si una aprendía, por afición, a calar madera con sierrecilla, era obligatorio que a las restantes las entrase igual manía, llenándose la casa de cajitas enanas y edificios góticos de cinco pulgadas de alto; si una aprendía cierta sonata al piano, habían de aprenderla las restantes, y si una se levantaba y salía del gabinete, la seguían las otras en hilera como las grullas. La madre, viéndolas sometidas al régimen de la fraternidad forzosa, solía exclamar, cayéndosele la baba: «¡Como están tan unidas!» Y aprobaban los presentes: «¡Ay! muy unidas... ¡Da gusto ver una familia así!»
Lo que realmente daba —según Portal, presentado por mí a la señora de Barrientos— era pavor, de imaginar que se preparaban con tal régimen futuras esposas y madres de familia; de pensar que aquellas muñecas rellenas de serrín, serían, andando el tiempo, base de un hogar, compañeras de un hombre inteligente, que hubiese probado las amarguras y los combates de la vida, ejercitando el cerebro, desarrollado sus ideas y contraído la necesidad de emitirlas.
—¡Yo —exclamaba Luis— me suicido si me mandan que me amarre al yugo con una de esas sin sustancia! ¡No creas por eso que prefiero a tu ideal! Entre la tití y las señoritas de Barrientos, me quedo sin ninguna; la señora de tu tío (que en mi concepto está algo loca) es una mujer de otras edades, a quien tocó nacer en el siglo presente, adornada con virtudes que no necesito y convicciones que me estorban; y las de Barrientos, unas pavisosas coquetuelas que no veo la necesidad de que naciesen en este siglo ni en ninguno, porque maldito si sirven para nada. Créeme, chacho. El hombre de mediano sentido común que cargue con ellas, a los dos meses las administra algún alcaloide. ¡Dios me libre de tales plepas! ¿Quién cargará con esas gangas?
Ya podía conjeturarse quién, pues las señoritas de Barrientos tenían novio todas, aunque de muy diverso pronóstico matrimonial: dos había de casaca, y dos de pasatiempo. Los de casaca se dirigían a la segunda y tercera de las niñas, Aurora y Concha; los de entretenimiento a la mayor y menor, Camila y Raimunda. Eran los de casaca un par de buenos muchachos, que esperaban, el uno por la notaría y el otro por la efectividad de capitán, para ofrecer el cuello a la coyunda; y los de entretenimiento, dos estudiantes de leyes, asociados para aquellos amoríos, amigos de cháchara, pero más recelosos de la Vicaría que toro corrido de la puya.
Como las muchachas de Barrientos estaban «tan unidas», yo he de decir en toda verdad que cuando asistía a sus saraos me era imposible no confundirlas, y también a sus novios, de una manera a veces muy cómica. Viéndoles pegados a sus respectivas damiselas, conseguía orientarme; pero en cuanto se deshacían los dúos, me quedaba en ayunas de cuál era el de Raimunda ni cuál el de Concha. Hasta tal punto me mareaba el amoroso rigodón, que se me puso en la cabeza que el novio de Aurora, el futuro notario, chico muy formal y dulce, la mejor proporción de los cuatro pretendientes, hablaba más con Camila, la mayor de las hermanas, que con su misma novia. Camila tendría veintiséis o veintisiete años largos de talle, y aunque ajustada al patrón uniforme de la insignificancia fraternal, me parecía que alguna vez, sobre todo cuando cantaba acompañándola al piano Raimunda, revelábase en ella una mujer distinta, nada espiritual por cierto. Al modular las notas de algún tango o cancioncilla, sus labios se entreabrían, el canto enronquecido y arrullador salía de ellos como chorro candente, sus ojos se nublaban, y transformaba su cara empalidecida una especie de deliquio. Aquella pobre joven debía de estar muy fatigada de su larga soltería.
A casa de Barrientos bajaba yo con la tití una vez por semana, los jueves, día señalado para las recepciones. No sabiendo qué hacer, y en la imposibilidad de dar conversación a Carmiña, se la daba a Camila, lo cual me distraía un poco, pues lentamente, bajo el artificio de su educación convencional, iba descubriéndose la naturaleza más fogosa que yo había encontrado nunca. La proximidad de un individuo de mi sexo producía en Camila un efecto que encubría disimulando; a veces adoptaba la expresión cándida y bobalicona de sus hermanas, pero no siempre podía mandar en sus ojos ni en su fisonomía delatora. A no estar yo tan subyugado por otro orden de sentimientos, Camila hubiera sido un peligro para mí; y no porque me gustase, que no me gustaba poco ni mucho, sino porque mujeres de tal condición no necesitan gustar para constituir riesgo. Son el clásico fuego junto a la estopa.
En los saraos barrientescos, tití se manifestaba como cumple a su estado, absteniéndose de cuanto trascendiese a profanidad: siempre moderada en el vestido y adorno, hallábase tan dispuesta a dar palique, en el rincón del sofá, a las señoras formales, como a teclear polkas y rigodones para que bailase la gente moza.
A lo que no se prestaba nunca era a tocar allí el piano formalmente. No sé si la tití era una profesora, o algo menos: seguramente una aficionada notable. Es imposible sacar mejor partido de un instrumento seco, ingrato y duro como el piano, en que el sonido no se liga al sonido sino a fuerza de inteligencia y sensibilidad en el ejecutante. No se podía comparar la ejecución de Carmiña a esa catarata de notas sonoras, metálicas y brillantes que tanto se aplaude en los conciertos; jamás la vi romper a sudar mientras tocaba, ni hago memoria de que saltase cuerda alguna en el arrechucho de una serie de octavas o de una escala cromática doble. Su manera despuntaba por lo suave, tersa, matizada y sobria. No daba una pifia, ni aplicaba el pedal cuando no hacía falta. Tenía gusto en la elección de piezas: no recuerdo que estudiase fantasías sobre motivos de ópera alguna. Cogía, sí, la ópera entera, e iba leyéndola, divagando, deteniéndose más en los pasajes reconocidamente hermosos, y manifestando al traducirlos que había entendido muy bien su sentido recóndito, el pasional inclusive. Sus trozos predilectos eran sonatas de Beethoven o de Schumann. También tocaba música de iglesia, pero decía ella que no se prestaba el piano, y que tenía capricho de un buen armonio. Capricho, ¡ay! que llevaba pocas trazas de cumplirse, pues mi tío no parecía muy inclinado a aflojar cuartos para fines meramente recreativos.
Cada día se confirmaba que mi tío Felipe sufría honda crisis: no estaría enfermo del cuerpo, pero debía de estarlo, y gravemente, del espíritu. Su carácter, más desabrido y agrio, sus períodos de murria y silencio, la indiferencia en que a ratos caía, indicaban no era su estado de ánimo el propio de un hombre a quien mira con buenos ojos la fortuna, que ha triunfado en su pequeña escaramuza por la existencia, y es dueño de una esposa joven y envidiable como Carmiña Aldao.