Empezaba a mostrarme suma confianza. Hablome varias veces de asuntos de familia, de cómo Candidiña había escrito una carta pidiendo perdón por su boda, y ella había respondido con otra atestada de buenos consejos.
—Pero de esto no he dicho nada a Felipe —añadió—. Sería probable que se enfadase mucho; y ¿a qué provocar discusiones y malos humores y tonterías? ¿No te parece que hice bien? Yo creo que no es ninguna acción reprensible el haber contestado a Cándida. ¿Qué sacábamos de darla un bufido? Ella con eso no había de volverse más formal. Al contrario, tal vez mi carta influya para sentarle la cabeza a aquella tolitatis... Mira, esto de que Candidiña es una tolitatis te lo digo a ti: que a la gente... ¡líbreme Dios! Si las primeras en desacreditar a una mujer son las personas de su familia, nunca honra tendrá. Yo quiero que Cándida tenga honra, ya que se ha casado con mi padre. Estoy deseando llegar allá para hartarla de sermones. Ella no es tonta; la demostraré la cuenta que trae cumplir con su deber. ¿Sabes lo que voy a decirla? Pues lo siguiente, y en tono bien categórico: «Cándida, mira, sé buena, que no te pesará. Si eres buena, te prometo que aunque no tengas hijos, he de hacer que mi padre te deje cuanto pueda; que asegure tu suerte para toda la vida. Mi pobre padre, por un orden natural, poco tiempo ha de vivir; conserva su decoro los años que viva, y después libre quedas... Yo haré que la pobreza no te angustie... Seré tu mejor amiga, te querré mucho, iré contigo a lodos lados, no sufriré que te haga nadie un desaire ni una mala partida... He de conseguir que te trates con todo el señorío de Pontevedra... ¡Vaya! ¿Qué te pensabas tú? Con la del Gobernador, con los marqueses del Remo, con la familia de Filgueira... pero no avergüences a mi padre... ¿lo oyes? porque entonces tendrás en mí la enemiga peor...» Todo esto he de encajárselo a la chiquilla..., ¡y si así no consigo nada!... Espero que conseguiré... ¡ojalá!... Cándida es una aturdida, pero no creo que se atreva a cometer el mayor crimen de una mujer... que es faltar a su marido. ¡No, de eso no puede ser capaz!
Cuando hablaba así, articulando palabras para mí tan funestas, me comería a besos su sagrada boca.
—Por desgracia —añadía—, Felipe no me permitirá que trate a Cándida. Esto sí que me lo temo. ¡Mis consejos serían tan convenientes para la infeliz! Y no es igual... ¡quia! es enteramente distinto aconsejar por carta, que de viva voz. Felipe ni quiere oír hablar de que yo la trate. Dice que si en público se dirige a nosotros, debemos volver las espaldas. Te aseguro que esto me tiene disgustadísima.
Prometí que le conseguiría una entrevista clandestina con Cándida, o que iría yo mismo a transmitir los recados.
—¡Bah! no... guasas tuyas —contestó la tití—. ¡Valiente embajador! Lo que harías sería levantar de cascos a mi madrastra. No conviene. No tienes tú formalidad ni suposición para semejante envío de recaditos. Te tiemblo, Salustio... Esa cabeza... Mira: otro lío que me trae muy cavilosa, mucho, es el de mi hermano. El pobre, cargado de familia: todos los años un chico: papá sin darle gran cosa... y cuanto le diese, insignificante para mantener el pico a tanta gente menuda. Por eso pretende el empleíto del Hospital u otra colocación... ¿Qué trabajo le costaría a Felipe apoyarle? Pues le hace una guerra a muerte... y mi hermano lo va a conseguir por Dochán... ¡Figúrate qué vergüenza! ¡El mayor enemigo de mi marido! Parece que hasta don Vicente Sotopeña se manifestó sorprendido y disgustado al ver que Felipe le tira a degüello al pariente más próximo de su mujer. Tú ya sabes que don Vicente Sotopeña es tan amante de la familia... Nada, por Felipe, se moriría de hambre mi hermano...
—Tú —interrumpí— a tu hermano poco tienes que agradecerle... Acuérdate que no quiso tenerte en su casa.
Tití no contestó. Parpadeó, y sus grandes pupilas me contemplaron un segundo. Indudablemente iba humanizándose y saliendo del fondo de oro.
—No importa —contestó—. Que él se haya portado mejor o peor conmigo, no quita para que yo le desee buena suerte y me parezca mal perjudicarle. Es mi hermano, tiene muchos hijos, y es un prójimo. No sé qué daría por que Dios le tocase en el corazón a Felipe. Te aseguro que...
Vi favorable coyuntura para entrar en materia, y dije: