—¡Ay, Dios mío! ¿Y eso... sigue? ¿Vas a ver a esa... señorita muchas veces?
—¡Señorita! —contesté risueño—. ¡Valiente señorita nos dé Dios! No, tití... ya no voy a ver a esa señorita, como tú dices...
—Bueno; a esa... mujer.
—A esa mujer. Hace lo menos quince o veinte días que no piso aquella casa. Si quieres que no vuelva a pisarla nunca, basta con que digas: «Salustio, te prohíbo que te acerques a Belén». Y no me acerco en mi vida. Nada, no me acerco. Palabra de honor.
—¡Hombre... prohibir!... Yo no soy nadie para prohibirte eso. Pero me parece muy mal, muy mal, que vayas ahí ni a ningún sitio donde peques mortalmente; y si es lo mismo pedírtelo que mandártelo... te suplico que no vayas. Te lo ruego.
—Es lo mismo. No iré, tití, no iré. El pecado no me importa cosa mayor... pero por darte gusto, por darte gusto... ¿entiendes?
—Pues no me satisface que lo hagas por darme gusto: debes hacerlo por no ofender a Dios.
—¿Te contentas con que no lo haga?
—A falta de pan, buenas son tortas —respondió festivamente, revelando que la causaba verdadera alegría mi promesa.
¡Malicia y vanidad! Me figuré que también a ella la movía un impulso humano al rogarme que no viese más a la pecadora.