Dije esto con todo el fuego que el caso requería. La pobre tití no contaba tampoco con el empleo del cuchillo tan traidor, de hoja triangular, que ensancha la herida. Se demudó, y seria, entera, firme, se levantó y salió del gabinete, dirigiéndose al interior de la casa.

¿Me atreveré a referir cuál fue el resultado de nuestra conferencia? Sí; porque en la historia que voy narrando, el lector no puede ver más que un aspecto de los sucesos, el que tenían para mí; y al través de mis ojos es como ha de contemplar el alma de la mujer fuerte. Yo no juro, pues, que los hechos fuesen cual voy a referirlos; solo afirmo que así se me representaban.

Hizo la casualidad que aquel día diesen un sarao las señoras de Barrientos. Siempre estas cachupinadas se verificaban los jueves; pero tratábase de una extraordinaria, por coincidir el jueves con los días de la señora; que tenía el mal gusto de llamarse Ascensión, nombre sumamente difícil de pronunciar. El caso es que en honor de doña Ascensión se armaba aquella noche baile, sus miajas de concierto casero, y un cachito de buffet. Mi tía se vistió y arregló con esmero evidente; púsose el traje blanco, que no había vuelto a salir desde la noche de bodas; colocó no sin gracia sus joyas en pecho y cabeza; se empolvó, se rizó el pelo ocultando algo, según exigía la moda, su vasta frente; entreabrió el corpiño destapando la garganta, y en suma, procuró —¡caso notable!— presentarse de manera que pudiese atraer las miradas y el deseo. Ya estaba emperejilada así cuando nos sentamos a la mesa; y noté que, con una especie de coquetería febril intentaba conseguir que se fijase en ella su marido. Me estremecí hasta los tuétanos. No puedo explicar lo que sufría, y aquel suplicio, yo mismo me lo había preparado, sembrando en el alma de la esposa el recelo y los escrúpulos, rasgando brutalmente el velo con que aún procuraba cubrirse para disculpar la alegría de su emancipación. Mis palabras habían abierto sus ojos; a la luz de mis indiscretas afirmaciones veía su contento por la ruptura de la intimidad matrimonial, y se espantaba de semejante estado, que no la parecía ortodoxo, ni mucho menos, por lo cual resolvía cargar valerosamente con la cruz y restablecer el trato con su esposo. Marchaba a la unión, como el soldado a la toma del reducto, donde ha de llover sobre su pecho la muerte. ¡Y yo presenciándolo, yo viéndolo, yo sufriéndolo, yo siendo de ello causa involuntaria!

Cuando la tití estuvo engalanada del todo, acudió a solicitar las alabanzas, los requiebros, digámoslo así, del marido. Encerraba un elemento profundamente trágico la acción de aquella mujer santa y pura, de aquella señora recatadísima, remedando los artificios de las cortesanas cuando procuran agradar, no ya al indiferente recién llegado, sino al mismo hombre que las infunde repulsión y aborrecimiento.

—¿Qué te parece, Felipe? —preguntaba la infeliz—. ¿Qué te parece? ¿Está bien? ¿Te gusta como me he peinado? ¿Hace mal aquí esta rosa?

Y mi tío ¡bendición de la Providencia! posaba en su mujer una mirada distraída y rápida, respondiendo con indiferencia profunda:

—Perfectamente... Los hombres entendemos poco de eso.

No lograron nada sus tretas de sublime y honesta coquetería. Nada, nada. Tuve el gusto de comprobarlo. Mas no por eso tragué menos saliva, ni paladeé menos hieles. Yo hubiese besado sus pies llamándola santa y heroína... y la hubiese estrangulado, considerando que la santa era una mujer, y esta mujer se brindaba a otro hombre.

Lo inútil del sacrificio iluminó el rostro de la piadosa sacerdotisa del hogar. Leí en la cara de Carmiña un gozo sereno, esa sedación plácida que experimentamos después de haber salvado un gran peligro, y que presta tan simpática expresión al semblante de los marinos veteranos. El sentimiento del deber cumplido se unía al de la indulgencia de la suerte, para ensanchar su alma. Mas sin duda no quería que yo se lo dijese; temía a mi sagacidad. Los primeros días huyó de mí. Costome trabajo reanudar aquellas sabrosas y dulces pláticas de las largas tardes de mayo, cerca del piano o del costurero. Lo conseguí por último, y ella se prestó, entregándose nuevamente a la confianza desde que pudo advertir que no hacía alusiones al asunto escabroso.

Un día, no sé por qué resbaladizos senderos, que yo untaba de jabón a propósito, llegó la tití a interrogarme acerca de mis amoríos y mis noviazgos. Ella aseguraba que yo tenía novia. Yo solía entretenerla contando historias de mis amigos, por supuesto, las contables, pues me cortaría la lengua antes que derramar en los oídos de Carmiña una palabra ofensiva, o de dudoso sentido. ¡Eso nunca! Y sin embargo, cuando me preguntó de mí mismo, entrome un arrechucho tal de franqueza, que desembuché todo, absolutamente todo lo relativo a Belén, escogiendo formas y términos, pero sin quitar punto ni coma en lo esencial. Confesión auricular entera complaciéndome en inmolar en aras de la virtud la negra oveja del pecado. Me escuchaba tití con los ojos dilatados de curiosidad, el seno oprimido, el ceño un tanto fruncido; y, al final, no pudo menos de exclamar con voz opaca: