—Dejarle con sus quimeras. Tiempo tendrá de saber lo peor. Cuando el médico diga que está muy grave... eso sí... entonces... hay que prepararle y que se confiese. ¿Me das palabra de que no se irá al otro mundo sin sacramentos?
—Te la doy —respondí, dándole también el corazón en una sonrisa—. Por ahora no le desengañamos, ¿a qué? ¡Si así es más dichoso!... Ni a la abuelita de Zamora se le dice nada.
—¿Y no hay esperanza?
—¡Quia! ¡Esperanza! Nos vemos y nos deseamos para conseguir que doña Jesusa no le eche de casa. La aseguramos que el médico responde de él...; pero la patrona no es lerda, y bien adivina que el huésped se las lía por la posta.
A los pocos días advertí a Carmiña que aquella noche me quedaría velando a Dolfos, el cual se encontraba ya en los últimos. Mi tití se arrasó en lágrimas al oírlo. Con ímpetu indecible exclamó:
—¡Si vieses de qué buena gana te ayudaría a velar! ¡Me da tanta lástima!
—Si tú vas a velarle, ten por seguro que cura —murmuré piadosamente.
Me acercaba al pasillo, cuando me llamó para suplicarme que «no me olvidase del confesor».
No estaba Dolfos para curar, aunque le velasen los serafines. La muerte no soltaba su presa. La abuela no le verá nunca más en este mundo. Solo llegará hasta ella un papel azul, seco, breve, transmitido por el rayo, que será para la anciana otro rayo de dolor... «El hijo de tu hija está en el féretro; le alumbran cuatro cirios. Aunque vengas y le beses, y vuelvas a besarle con toda la ternura de tu corazón dos veces maternal, no abrirá los ojos, no pagará tus caricias, no sonreirá para decirte: Ya tengo carrera... no te apures... desde hoy seré tu sostén. No. El telegrama, solo el telegrama... y para ti el eterno desconsuelo, hasta que la muerte, que parece olvidarte, te recoja desdeñosamente y te administre la gran medicina.»