Recuerdo los últimos días de mayo, como se recuerdan las fechas críticas; y sin embargo, en ellos no me ocurrió cosa que en apariencia merezca referirse; porque mi historia es rica en detalles internos, pero exteriormente monótona y vulgar. ¿Qué sucedió en aquella quincena, para que yo la distinga y la señale con tinta roja o con piedra negrísima? ¿Qué sucedió? ¡Ah! Una cosa sencilla, legal, sancionada por la sociedad y por Dios; una cosa que debe regocijar a las gentes bien intencionadas... Mi tío pasó de la mayor indiferencia por su mujer, de una especie de separación amistosa, a un acceso de amor conyugal, rabioso casi. El lazo del matrimonio —hasta entonces medio desatado— volvió a apretar estrechamente las gargantas de la pareja.

¿Cómo se verificó aquella reconciliación o ritornelo conyugal? No sabré decirlo: burlaron mi vigilancia, y puedo asegurar que me cogió tan de susto, que dos días antes del fenómeno hubiese jurado que el apartamiento de los esposos era ya eterno. En efecto, yo tenía motivos para afirmar que mi tío no solo huía de su mujer, sino que cortejaba a otras, amartelado lo mismo que un cadete. Lo supe por Belén, a la cual (¡oh flaqueza humana!) hice entonces dos o tres visitas, a puros ruegos y ardientes instancias de la pecadora. Ella, con profunda indignación, me enteró de las veleidades eróticas de mi tío.

—¿Querrás creer que al tiñoso este le da por rondarme desde hace unos días? Cartas y todo me ha escrito... Yo, con la puerta en las narices... Para lo que había de sacar de él... Como si lo viera, iba a dejarme ahí un duro en calderilla... Solo una vez lo he de recibir, a ver si me cuenta algo de su mujer.

—¡De su mujer! —exclamé azorado—. ¿Qué tienes tú que ver con ella? Déjala, y no te ocupes de las señoras que no se acuerdan de ti.

—¡Ay, ay!... —chilló la muchacha—. ¡Pues, hijo, ni que fuera la Santísima Virgen! No te atufes, que yo no voy a comérmela. ¿Es de merengue y se quiebra con tocarla? ¿Sabes que ya me olía a mí que te duele mucho ese lado del cuerpo? ¿Y habrá mamarracho como tu tío, que te tiene en casa, a la verita de su señora? ¡Ay, ay, ay! Nada, lo que digo; si yo me lo calé... Soy perro viejo: a mí no me la das tú, ni veinte como tú. Por eso te me escurres y no hay quien te traiga aquí...

Me puse furioso con la paloma torcaz, y creo que hasta tuve la indelicadeza de decirla tres o cuatro frases más groseras, precisamente por dirigirse a quien yo debía reconocimiento y consideración, a falta del amor y del respeto íntimo que no podía profesarle. Mis asperezas encresparon el genio de Belén. Con el rostro encendido de cólera y los ojos preñados de iracundas lágrimas, se acusó de quererme y se maldijo por haber puesto afición tanta en un chisgarabís. Y viendo que en vez de replicar o maltratarla me levantaba para tomar la puerta, corrió a ponerse delante y a estorbármelo, abriendo los brazos con una espontaneidad y vigor de actitud que le envidiaría una tiple en el acto cuarto de Hugonotes.

—¡No, tú no sales! ¡Anda, chulapo, indino... pégame si quieres salir!

En los brillantes ojos negros, que despedían centellas; en el seno enhiesto y rígido, destacado por la postura; en las soberbias líneas de aquel cuerpo de mujer que me cerraba el paso, había un reto, una provocación apasionada, que de parte de un hombre de su mismo temple, un hombre como el que Belén deseaba en aquel instante despertar en mí, le valdrían el apetecido bofetón, y después una lluvia de salvajes caricias para borrar la huella. Pero conmigo ni lo uno ni lo otro consiguió la hermosa. Me armé de paciencia, me senté en una silla y dije con gran seriedad:

—Hija, ya te cansarás de estar ahí crucificada... Ya bajarás los brazos y me dejarás largarme. Así no creo que te pases el día entero. Es postura muy incómoda. Anda, ponte en la razón y permíteme que me retire con mis honores, acompañándome hasta la puerta si gustas.

Mi calma produjo efecto mágico. Se aplacó lo mismo que el mar cuando derraman sobre sus irritadas olas un pellejo de aceite. La espuma del furor descendió aplanándose; las airadas pupilas cesaron de lanzar rayos; la invectiva murió en los labios rojos: los brazos, lánguidos y sin brío, se desmayaron a lo largo del cuerpo... y la domada y subyugada pecadora... ¡vergüenza me da escribirlo! vino a hincarse medio de rodillas ante mí, abrazándome por la cintura, con una especie de humildad desesperada.