—¡Ay, hijo, te vales de que sabes que te requiero y no puedo pasar sin ti!... Perdona, no estés así con ese gesto y esa cara... ni tampoco te rías, que es lo que me irrita más. ¿Soy alguna mona para dar risa? No; reírte, no... Menos así, seriote y como si fueses a comerme. Bueno; que tiene unos prontos y ligerezas... Perfecto solo Dios. Ahora voy a ser una chica modelo. Pero no te vayas, hijo, y sobre todo atufado. ¿Me das palabra de honor de que volverás? No vienes nunca... ¡una vez cada mes! Galleguito, no puede ser... yo voy a ponerme mala. Por eso dice una disparates y se mete con las señoras... Si vienes, seré una malva. ¡Huy, resaladito, qué bien me saben las paces! Cúmpleme un antojo. Pégame un cachete... sin miedo; no duele na... si es por gusto; por gusto...

Lo que menos me importaba era aquel borrascoso episodio con mi rendida pecadora. En cambio no dejó de hacerme cavilar mi tío, volviendo a las andadas y dispuesto a prevaricar. Mas ¡qué fue cuando vi los ímpetus amorosos del hebreo restituidos a su legítimo cauce, concentrados en su esposa!

Manifestose el fenómeno sin preliminares, sin transición. A los dos días de haber rehusado Belén los homenajes de mi tío, este, sacrificando a los penates, se dedicó a su mujer con entusiasmo. Así como suele decirse que no hay llave para el ladrón de casa, diré que para el observador a domicilio no hay cortina ni biombo. Yo, por obra de la fatal convivencia, sorprendí las gradaciones y matices de aquella renovada luna de miel. Pude ver al marido comunicativo a la hora del almuerzo, solícito a la del paseo, encandilado a la de la comida, y nervioso e impaciente a la de la velada. Por desgracia era sábado, y yo había renunciado a un teatrillo a que me convidaban Mauricio Parra y otros amigotes, con propósito de acompañar a mi tití, entretenido en ver cruzarse las lanas y juguetear las agujas de madera al través del punto tunecino, o en escuchar trozos del Don Juan o de Roberto. Y cátate que la resolución de quedarme me obligaba al suplicio de presenciar... Como si lo presenciase, señores. Interpretaba la inequívoca actitud de aquel hombre ansioso de disolver la soñolienta tertulia, para quedarse a solas con su mujercita; sus miradas al reloj, sus gestos de impaciencia cuando Camila Barrientos, que había subido un rato a traer no sé qué recado de su mamá, tardaba en irse y hojeaba los últimos números de La Ilustración. Conocía la expresión del rostro de mi tío en ocasiones dadas; no necesitaba preguntar lo que relucía en sus ojos e inflamaba su tez... Me puse tan nervioso, tan fuera de mí, que Camila me preguntó:

—¿Salustio, le pasa a usted algo?

Carmiña, involuntariamente, volvió la cabeza y clavó en mí sus pupilas... Yo pagué la mirada. Creo que nunca nos entendimos como en aquel momento. La ojeada de ella decía categóricamente: «¿Qué es esto? Una prueba inesperada, un castigo de Dios con el cual no contábamos. Pero no te asustes: tengo ánimo y fuerzas. Verás tú cómo me crezco. Después de todo, no haré más que cumplir con mi deber.» Y mi mirar le contestaba: «Tú lo tomas así, como un ángel que eres; pero yo, que soy un diablo, sufro y me retuerzo, como deben de retorcerse y sufrir los diablos allá en las mansiones infernales.»

Mi tío se salió con la suya. Aún no habían dado las once cuando consiguió echarnos. Camila Barrientos me clavó el puñal hasta la cruz, diciendo a la tití:

—Hoy tu marido te contemplaba como si estuviese haciéndote el amor. Se le caía la baba. Una novena para que nos toque otro así.

Corrí a mi cuarto, y me encerré en él, más enloquecido que la noche de la boda, en el Tejo. Traté de enfrascarme en el estudio, de leer periódicos, de hojear una novela... ¡Imposible! Rugiendo de ira y de pena, apagué la luz, me encerré con llave y me tumbé sobre la cama. Acordábame de Luis Portal, que solía decirme: «Cuando está uno rabioso y dado a Barrabás, un cigarro es el mejor entretenimiento. En echando unas chupadas, es mucho lo que la imaginación se distrae...» En semejante momento sentía yo amargamente no fumar ni tener cigarrillos; y por un capricho de mi alma enferma, se me antojaba que si fumase, pasaría como por encanto aquel malestar, aquella ponzoña de la acre saliva, aquella calentura de la sangre requemada.

El día siguiente, a la hora de almorzar, tuve un consuelo del orden negativo, como todos los míos en tan desdichada página amorosa; y fue ver en la faz de la tití, más marcadas aún que en la mía, las huellas de un combate moral y un quebranto físico muy profundo. Había bastado una noche para desencajar su rostro y dar a sus facciones, donde antes brillaba la frescura de la juventud, una expresión agónica como tiene la cara de la Virgen que los pintores representan viendo espirar en la Cruz a su Hijo. La palidez de la tití era azulada, sus ojeras lívidas, y los movimientos que hacía para desdoblar la servilleta, servirse o beber, parecían automáticos. Ni uno ni otro comimos, puede decirse. Mi tío, en cambio, lo hizo con ganas; no obstante, al venir a la mesa el tercer plato, comenzó a fijarse en la actitud de Carmiña, y por vez primera noté en su fisonomía una expresión de extrañeza y recelo, lo mismo que si acabase de caer en la cuenta de que su mujer... Clavó en ella la vista, y su mirada suspicaz le quiso registrar el alma: ideas que acaso no habían cruzado por su mente, se condensaron, y una expresión irónica timbró su voz al decir:

—¿Qué te sucede, Carmen? ¿No comes? Parece que no tienes apetito.