Camila, al decir esto, apoyaba el dedo en la frente. En idéntico sitio se me clavó a mí la idea sugerida por la señorita.

—Efectivamente —pensé— que es raro pasar de la total indiferencia por una mujer, a tales extremos. ¿Estará mi tío lunático?

Semejante conjetura... ¿lo confesaré? se me presentó desde el primer instante, no negra y fúnebre como debiera, sino en cierto modo, grata y consoladora. «Si se vuelve loco, pierde de hecho la soberanía doméstica, la autoridad sobre su mujer, la fuerza moral y el carácter de jefe de familia. Un loco es un ser que carece de alma y la humanidad racional lo expulsa de su seno. El loco no posee derechos sociales y civiles; el loco no tiene mujer, ni hijos, ni amigos siquiera. Si mi tío se trastorna, igual que si se divorciase. El lazo roto queda, y ella sola en el mundo, porque un loco no acompaña, ni presente ni ausente. ¿Habrá, en efecto, manía?...» La tensión de mi voluntad llegaba a desearlo. ¡Y de ahí a otros deseos va tan poco!

No tardé en dar el paso que me separaba del terreno en que ya se desatan las voliciones y nos arrastran al crimen —al crimen mental, único frecuente en nuestra enervada época—. Recuerdo que aquellos días me tentó el diablo a dedicarme a lecturas dramáticas y tempestuosas, de esas que agitan el corazón y nublan la conciencia, y entre ellas se contó una traducción de Hamlet, que me produjo efecto muy hondo, induciéndome a comparar la irresolución, la ebullición moral y la inacción física del extraño príncipe de Dinamarca con mis propios sentimientos. Y enmedio de la lectura, me hirió de pronto, embargando mis potencias, aquella rara frase: «Cuando acaricio a mi segundo esposo, mato segunda vez al primero.» Comprendí entonces que mientras más virtuosa e invencible es una mujer, más fatalmente desea su enamorado la muerte del marido; y vi también, por modo clarísimo, que mi pasión desatada no era sino el odio antiguo a mi tío el hebreo, odio inveterado ya, que había tomado distinta forma, pero que subsistía implacable.

Si el deseo matase como la estricnina, por la voluntad, cien veces fallece mi tío. A solas, con los codos en la mesa y la frente sostenida entre mis palmas febriles, yo me saciaba del sueño fúnebre, y me entregaba al detestable goce de figurarme a D. Felipe extendido en el ataúd, con los ojos cerrados y las manos cruzadas. La pujanza con que me dominaba este deseo era tal, que nunca me subyugó así ansia amorosa. Si me hubiesen dicho entonces: «Elige entre tu tía vencida, demente, roja de vergüenza y de pasión, o tu tío rígido, yerto, cadáver», sin vacilar optaría por lo segundo.

Claro es que no se me ocultaba la monstruosidad de la idea. Tanto la comprendía, que ansiando libertarme de la absurda y estéril figuración, solicité más que nunca el trato de Portal, única persona capaz de librarme de mis obsesiones y combatir a los endriagos y vestiglos de la fantasía con las armas de la risa y del ingenio. Desgraciadamente, mi simpático Sancho Panza andaba entonces ocupadísimo, no solo en la labor de fin de curso, sino con su otra gran labor sentimental. A pesar de sus alardes de independencia y despreocupación, de asegurar que él tomaba aquello con extraordinaria tranquilidad y filosofía, si se perdiese mi oportunista, que le buscasen al canto de Mo. No desperdiciaba coyuntura de amar perdidamente.

Para ver algunos ratos a Portal fue preciso seguirle a su polo magnético, o sea a casa de los Mos. Me empeñé en ser presentado, y no habría transcurrido media hora desde la presentación, cuando percibí lo que mi orensano se guardaba bien de confesar: que el padre de Mo era al mismo tiempo que cabeza de patriarcal familia... ministro del Señor, o en lenguaje más llano, clérigo protestante.

¿Por qué se lo tendría tan calladito el camarada? Yo lo había sospechado alguna vez, sin verdadero fundamento puesto que Luis, al preguntarle las condiciones del futuro suegro, invariablemente respondía: «Conste que no voy allí con carácter de yerno...: pero el papá de Mo es un sujeto apreciabilísimo... y la mamá... ¡Ah! Lo que es esa... No he visto nada igual.» El cuidado en no especificar la profesión del apreciable sujeto no había dejado de escamarme... Repito que me cercioré de la verdad al poco rato de haberme sentado en el sofá del señor Baldwin —que así se llama el pastor.

Este tenía el tipo agigantado y pletórico de la pura raza sajona: eran sus patillas del mismo color que la tez, exceptuando la frente, blanca y tersa como la de un niño. En tres años de residencia en Madrid no había logrado amoldar su laringe a la pronunciación española; y ningún inglés de sainete o caricatura dice cosas más grotescas que el señor Baldwin cuando intentaba servirse de nuestro idioma para algo que no fuese gruñir: «Buons dis... com stá.»

Nadie encontraría explicación satisfactoria al fenómeno de que la comunión evangélica hubiese enviado a tierras apostolizables tan tosco misionero, a no existir la misionera o pastora mistress Baldwin mujer singular, a quien tuve desde el primer instante por un milagro en su género.