Nada de la inglesa seca y angulosa, tipo convencional en las letras y en el arte. Muy al contrario. Para pintar a mistress Baldwin fielmente, hay que servirse de los tonos más armoniosos y suaves, las líneas más exquisitas y el más discreto claroscuro. Su rostro poseía esa uniformidad de color que hace tan aristocráticas las cabezas al pastel; sobre su blancura de perla destacábase el gris de acero de los ojos, en los cuales resplandecían algunas chispas áureas al sonreír. Sus facciones finas, pero de grandioso dibujo, expresaban constante afabilidad artificiosa, ya casi natural a fuerza de persistencia. Vestía con dignidad y decoro sumo: de azul marino o de negro, generalmente de seda, lo cual hacía que al andar o al sentarse su ropa tuviese un crujido señoril; llevaba al cuello una cadena de oro de muchas vueltas, sostén de la sabonetilla siempre en hora, reluciente por virtud del uso; y sobre sus cabellos grises, del gris polvoriento con que encanecen las rubias, alisados en bandós, usaba una especie de platito de encaje blanco, nítido de limpieza, planchado como una servilleta y acentuaba el óvalo algo ajado, pero de contorno puro, de su faz.

Desde que se entraba en la esfera de aquella mujer de tan distinguido continente, era imposible no ver en ella el punto matemático donde todos los radios tenían que converger y unirse. Su marido, hombrachón que la hubiese pulverizado de una guantada; sus hijos, alguno de ellos ya con veinte años y un aspecto de vigor para dar envidia a la raquítica raza española; sus hijas, entre las cuales descollaba Mo; sus tertulianos, y... es preciso decirlo de una vez, sus feligreses, sus ovejas, marchaban a paso redoblado por la ruta que les señalaba la mano prolongada, flexible, adornada con anticuados anillos, de la pastora.

Semejante mujer había nacido para el trono, o por mejor decir, para cardenal-ministro de un rey absoluto. Rebosaba en ella ese don de mando, esa autoridad encubierta por dulcísimas formas, patrimonio de las abadesas. Su sonrisa y sus modales tan refinadamente adamados, encubrían la voluntad más templada y férrea que ha dado nunca de sí la tierra de la perseverancia y del cerrado fanatismo. Bajo las apariencias hercúleas del marido, no había sino un pelele, un muñeco de trapos, que jamás poseyó la energía necesaria para sostener su desairado papel de apóstol de una creencia aborrecible a la inmensa mayoría de los españoles, y que a los mismos descreídos o racionalistas no nos cae en gracia. El señor Baldwin se larga de España con viento fresco a las primeras de cambio, si no le mantuviese la barra de acero, forrada en piel de guante, que tenía por esposa. Ella, la pastora, era quien se aferraba en hacer reflorecer los áureos tiempos de la calle de la Madera durante los años revolucionarios; ella, quien ideaba obras pías con fines de propaganda y ediciones de libros catequéticos; ella, quien... ¿Pero a dónde voy con reseñar las proezas de la matrona insigne? La verdad es que al ver así a mistress Baldwin, recostada en su butaca, apoyados los pies en un cojín, el codo puesto en el velador cargado de álbumes, ilustraciones, revistas y enormes diarios ingleses, era cosa de pensar que aquella señora vivía consagrada exclusivamente a recibir a sus amigos con un chic de duquesa anciana.

Cuando entré yo en casa de los pastores, serían las cinco de la tarde. Dispensome la pastora atentísima acogida; y no digo cordial, porque de cordialidad no se trataba allí. Hízome sentar frontero a ella, y me preguntó minuciosamente por mi familia, mis estudios, mis aficiones. Al saber que me gustaba la música, puso los ojos en blanco, y su cara adquirió expresión beatífica. ¡Oh! ¡La mioúsica! Luego, al tratarse de mi carrera, elevó otro salmo entusiasta a la ciencia. ¡Oh! ¡La sciensia! Después, sonriéndome con una sonrisa que parecía estrenada para mí, me fue enseñando multitud de tesoros que formaban un pequeño museo: hierbajos, algas y conchas recogidas en Australia por ella, y que guardaba prensadas entre hojas de libros: y por último, en tono misterioso y confidencial, apoyó el dedo en la boca, y con el mismo aspecto extático, silabeó: «Van a cantar las niñas.»

Cuatro vi acercarse al piano pero ya entre ellas, mis ojos habían distinguido a Mo, sin necesidad de seguir la dirección de las miradas de Luis. Hube de confesar interiormente que, respecto a hermosura, no exageraba el oportunista. Por lo regular nos inclinamos a encontrar defectos físicos en las novias de nuestros amigos, como si así desahogásemos el involuntario despecho que causa la felicidad ajena, la amorosa sobre todo. Pues a pesar de esta tendencia, me vi precisado a reconocer que valía un imperio la señorita Mo. Deliciosa mezcla o fusión de los dos tipos paterno y materno, atestiguaba a la vez la fidelidad y legalidad de la pastora y las ventajas del cruzamiento entre sajones y normandos para la selección sexual. El color, la frescura de amanecer, la plasticidad del tipo, procedían indudablemente del pastor, que allá en sus verdes años sería un mocetón como un roble; y la finura de los rasgos, la distinción y pulcritud, de la madre. Sus ojos eran los de la pastora, ya acerados y dominadores, bañados aún en el fluido amoroso de la juventud. Por lo demás, Portal la había fotografiado: era exactísimo lo del oro del pelo, casi ceniza, lo de la blancura, y hasta lo de los hoyos tentadores que se dibujaban, a cada jugueteo del reír, en las mejillas tersas, aterciopeladas por el vello de un cutis del Norte, que aún no había curtido el recio clima continental de la metrópoli española.

Semejante pedazo de hembra explicaba todos los desvaríos en que pudiese caer el más escéptico y sesudo de los mortales. Si a los dones naturales reunía la señorita Mo aquella sorprendente cultura de que mi amigo hablaba siempre, no se podía negar que Luis, al descubrir la joya británica, había tenido un hallazgo. Involuntariamente me sentí penetrado de consideración hacia Portal; convine en que aquel mozo había sabido desenterrar la gran mujer, y justifiqué sus hipérboles y su jactancia.

Al pronto, la casa de los Mos me causó la misma impresión favorable, por su aspecto de orden y bienestar. La familia Baldwin había elegido una calle aseada y tranquila, sin malos olores de mercados y tiendas, ni estrépito de coches; desde sus ventanas se recreaba la vista en el arbolado de un jardín fronterizo, ventana inestimable en Madrid; en su saloncito los muebles eran prácticos y cómodos: había libros, grabados, flores; la familia aparecía limpia, sociable, disciplinada... Mi respeto hacia el pesquis de Luis se acrecentó, y a hurtadillas le dirigí un guiño que en nuestra charla familiar se traducía así: «¡Al pelo!»

Transcurridos los primeros instantes, después de haber visto y admirado los tesoros botánicos y zoológicos de la pastora, cuando las niñas se llegaron al piano para cantar, recordé que Luis me había ensalzado a su Mo como a «la mujer del porvenir», hembra superior al nivel general de su sexo, libre de preocupaciones enfermizas; varonil en el mejor sentido de la palabra, que es el que implica fuerza, entendimiento y resolución. Hablo, por supuesto, poniéndome en lugar de Luis; pues quien haya seguido el desarrollo de mi vida afectiva al través de estas páginas, comprenderá de sobra que no prefiero tal clase de mujer, sino que estoy por la otra, la del pasado, la que por espacio de diez y nueve siglos ha venido siendo el ideal de la humanidad; la que en cierto modo ya lo era antes, pues sus rasgos esenciales difieren poco de los que trazaba Salomón en un bosquejo que no se ha borrado de la memoria humana. Pero aunque no me fuese posible aceptar más tipo femenino que el que cifraba Carmen, colocándome en el punto de vista de mi amigo, era capaz de discernir si Mo realizaba aquel prodigio de la sociedad futura: la mujer nueva.

Si lo realizaba, no tardaría ella en manifestarlo, y en percibirlo yo. La seguí atentamente con los ojos cuando se acercaba al piano, a fin de acompañar a Alicia, su hermana segunda, que representaba de catorce a quince años, y llevaba todavía suelto y colgando el hermoso cabello semialbino. La chica perfiló una canción inglesa, que es tanto como decir sosa y agria, cuya letra sentimental trataba —a lo que pude advertir— de un niño huérfano, abandonado por ciertos tíos muy crueles, que pide limosna, y acaba por quedarse tiesecito entre la nieve una noche de Christmas, a la puerta de un palacio donde se celebra espléndido festín. Acabada la tonadilla, sustituyó a Alicia su hermana Beth o Elizabeth, entonando otra canción no menos insulsa, solo que en ella no se trataba de niño huérfano, sino de la aspiración del alma que quiere tener alas para volar a la gloria, a la verita de los querubines. «¡Wings! —mayaba la chiquilla—. ¡Wings... my God... wings!»

Pensé que después de la segunda cantata no nos diesen más música, pero engañeme, porque inmediatamente salió al redondel un chiquitín, Edward, de calcetines cortos, pierna al aire y guedeja blonda; el cual nos regaló (ni al diablo se le ocurre) el terceto de los ratas en La Gran Vía. ¡El terceto de los ratas! ¡Quién imaginara verlo salir de labios de aquel angelito, nacido en la quinta parte del mundo, pues Edward era australiano!