No se había agotado el catálogo de las sorpresas: así que hubo cantado y representado el benjamín, veo que se levanta la pastora, elige un cuaderno de música y se arrima al piano, rodeada de sus hijos. Calose la pastora las gafas de oro: quitose delicadamente sus mitones de seda, que puso bien doblados, sobre el velador; y contrayendo las cejas y apretando los labios como quien ejecuta una acción importante y absorbente, y acompañándose ella misma, rompió a entonar un cántico religioso, en que andaban como por su casa las souls y los sins (no pude entender más del texto). Al concluir la primer estrofa, toda la familia, agrupada en torno del instrumento, coreó el estribillo, y el mismo reverendo Baldwin, acercándose, poniendo su diestra sobre la cubierta del piano, arqueando su poderoso y elefantino esternón, sostuvo con voz becerril los falsetes de las muchachas. Miré a la cara de la pastora, y también a Mo. De los semblantes de las dos mujeres se había borrado la expresión habitual, en la una fina e insinuante, en la otra alegre y juvenil, sustituyéndolas —especialmente en la madre— cierta exaltación sombría y dura, como se nota en los personajes de algunos cuadros de martirio. Volvime a ver qué gesto ponía Luis, y vi que no estaba en la habitación.
Acabado el concierto, nos brindaron una taza de té excelente, acompañada de una copa de Jerez y de ciertas golosinas que, si no recuerdo mal, se llaman cracknells. Me convidaron a que volviese, a que frecuentase la casa, y la pastora, sobre todo, me dijo con sorprendente cortesía:
—¡Oh! ¡Oh! Creemos que usted no dejará de venir a vernos de cuando en cuando...
Al salir desahogué con Portal:
—Esta gente será buenísima, todo lo que gustes; pero, vamos, que en devoción no se quedan atrás de la tití. Me huelen más a sacristía: te lo advierto.
—Ya sabes —respondió mi amigo secamente— que los protestantes observan y practican su religión. No son como nosotros.
—¿Lo dices en son de alabanza?
—Sí y no —repuso un poco amostazado—. Sobre eso habría mucho que hablar.
—¿Y por qué tu Mo, esa señorita tan ilustrada, les deja a sus hermanos cantar adefesios y los canta ella?
—¡Qué sé yo! —exclamó el oportunista—. ¡Qué importa! Vamos, ¿qué tal? ¿No es guapa?