Cuando me vio a su lado, súbitamente, adoptando una resolución, pronunció algo semejante a lo que leerán ustedes:
—Oye, Salustio: voy a pedirte un favor por Dios y por lo que más quieras. Que no hagas estas tonterías de acecharme y de seguirme: Tú llevarás la mejor intención del mundo; pero confiesa que es una conducta rara... y, sobre todo, que me haces mucho daño, creyendo hacerme bien; que me angustias. Te lo repito: me afliges, me mortificas atrozmente. Si es eso lo que te propones...
—Carmen —le contesté con no menor vehemencia, y nombrándola, acaso por primera vez, sin el diminutivo regional—: tú ves visiones, y quieres hacérmelas ver a mí. Ni te molesta el interés que te demuestro, ni ese es el camino. Al contrario, te agrada: es lo único que te consuela. Y como te consuela y te agrada, pobre mártir, por eso, cabalmente por eso, tienes escrúpulos de una compensación tan insignificante, y has determinado privarte de ella. Lo sé, lo sé, lo adivino...
—Pues adivinas tonterías, y no sabes lo que te dices —contestó ella briosamente, muy nerviosa—. Ni hay tal alivio, ni tal compensación, ni absolutamente nada de eso. El llamarme mártir es un romanticismo bobo. Hazme el obsequio de decirme en qué soy mártir. ¡Mártir, mártir! ¡A cualquier cosa llaman martirio! ¡Qué ridiculez!
Bajo el influjo de su exaltación, accionaba, sus mejillas se arrebataban, llenábanse sus ojos de reprimidas lágrimas. No me arredré: comprendí lo campal de la batalla, y que la misma cólera de mi tía daba un mentís a sus afirmaciones. Conocí que estaba la señora de Unceta en uno de esos momentos en que el sentimiento hierve y se desborda, y en que se puede sacar partido de la fermentación del alma. Si yo me hallase enteramente dueño de mí, tranquilo y frío, tenía asegurada la mejor parte en la lucha; pero lo malo es que yo también empezaba a descomponerme. Mi sangre bullía, mi lengua no acertaba a dar forma a los pensamientos.
—Tití, cálmate —la dije—. Razonemos. No me niegues que tu vida es un martirio... Mira que yo, con esta manía de acecharte, sé mejor que tú misma lo que te pasa. Te he seguido día por día. ¡Como no pienso en otra cosa!
—Muy mal hecho —declaró la tití llorando casi.
—Muy mal, convenido, como quieras... detestablemente... pero es así. Desde el Tejo, desde tu conferencia con el fraile... ya ves que te lo confieso sin ambajes ningunos... desde el Tejo no he perdido ripio. He visto la paciencia valerosa de los primeros días... y la procesión que andaba por adentro; que andaba, señora, no me lo oculte usted. Después la alegría de la emancipación, cuando... cuando se... aflojaron ciertos nudos. ¡Ay, tití! ¡Qué alegre y qué guapa te habías puesto entonces! Y luego... lo de ahora... la calentura, la quina que tragas, lo que te consumes allá en tu interior... No, déjame acabar, que he de decírtelo. ¿Conque no es esto suplicio, y suplicio cruel? ¿O los martirios solo consisten en aquellas salvajadas que cuenta el Año Cristiano, los potros y los ecúleos, y los garfios de hierro que arrancan las costillas? ¡Carmen, Carmen! A otros engañarás, a mí no. No solo eres mártir, sino que eres santa, y a los santos...
Completé la frase con la acción; me incliné, y cogiendo a bulto por donde pude la bata de mi tía, la besé. Ella se echó atrás con violencia, y gritó entre ahogado llanto:
—Como vuelvas a decir ni a hacer bobadas así... o me voy de casa, o digo a mi marido que te ponga en la calle. Me estás molestando, pero de verdad, con tus consuelos, y tus novelerías, y tus comedias. Si me llamas santa otra vez, créelo, no te dirijo la palabra en mi vida, suponiendo que te mofas de mí descaradamente. ¡Cuidado con mi santidad! ¿Y quién te mete a ti a hablar de santos? Tú tienes unas ideas religiosas... así... nada más que medianas; lo que es de santos, confiesa que no entiendes ni pizca. Vaya, que si yo fuese santa... ¿para qué quería más? ¡Pues ya me había caído el premio gordo! ¡Santa! Me daría por contenta con ser buena, sin añadiduras. Tú no has leído vidas de santas ni de santos. Lo menos que hicieron fue dejarse cortar la cabeza o asar en las parrillas (al decir esto, se rio nerviosamente). ¿Crees tú que se contentaron con morir, y que por esa hombrada sola se fueron al cielo derechitos? ¡Anda, anda! La vida de los santos, antes del instante de prueba, había sido ya una serie de méritos. No habían aborrecido a nadie; habían dominado constantemente sus pasiones, y habían vivido como ángeles. Y yo...